EL DOCUMENTO FUNDACIONAL DE LA CONFEDERACIÓN SOCIALISTA ARGENTINA

Un socialismo para los nuevos tiempos

En contraste con la crisis de un capitalismo global gobernado por la especulación financiera, la región protagoniza un proceso inédito de crecimiento con justicia social, plantea el texto. Y, tras enumerar los avances conquistados por el proceso político que se inicia en 2003 en la Argentina, destaca el papel que puede desempeñar una izquierda popular, democrática y latinoamericana.

Un socialismo para los nuevos tiempos
La CSA será una fuerza militante convergente, amplia, federal y democrática, capaz de impulsar un programa político a la vez realista y ambicioso.

Foto: Fernández y Fuentes

El capitalismo global ha ingresado en una etapa donde el privilegio de los mercados financieros, bajo la conducción de un verdadero gobierno transnacional constituido por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y otras organizaciones multilaterales, ha transformado a la producción, al trabajo, a los recursos naturales y al conocimiento en meros sujetos de especulación.

Esta nueva fase del capitalismo conlleva una de las más graves crisis en la historia de sus sucesivas convulsiones y conduce a los países centrales a proteger a sus entidades financieras con recursos provenientes de los ajustes y recortes al gasto social en todas las áreas, generando más pobreza, más desempleo y más desigualdad.

Por distintas vías, desde las imposiciones de la deuda externa, pasando por la desestabilización de los gobiernos democráticos, hasta los golpes de estado tecnocráticos y las guerras focalizadas, se intenta recomponer la resquebrajada división internacional del trabajo, reasignándole a los países emergentes y socios menores el rol de simples abastecedores de materias primas y capital humano barato, preservando para las economías centrales el papel de proveedores de productos industrializados, ciencia, tecnología y crédito.

Frente a esta nueva etapa, la socialdemocracia de los países centrales no prioriza la función del Estado, jerarquizando la producción y el trabajo sobre la especulación financiera, pierde la iniciativa política, se queda sin programa y ya no puede encarnar una alternativa creíble para los trabajadores. Contrariamente, desde el gobierno de varios de esos países, asume como propio el guion escrito por el gran capital.

La izquierda dogmática, por su parte, insiste en repetir consignas tremendistas según las cuales todo lo que no sea la completa abolición del capital significa complicidad con él, lo que invalida cualquier posibilidad de acumulación política mediante la conquista de avances progresivos y sin comprender, además, que en los países dependientes los objetivos de liberación nacional implican la construcción de frentes amplios con todos los sectores enfrentados al gran capital trasnacional y sus socios locales.

Así, este sector no logra superar su aislamiento y su condición de fuerza marginal desprovista de toda posibilidad de influir en la resolución del conflicto político que, en términos generales, refleja una circunstancia histórica que no pudo superar, el fracaso del llamado socialismo real como propuesta alternativa al capitalismo.

Epicentro del estallido de ésta última crisis, la mayor potencia mundial vive su propia declinación, militarizando las relaciones internacionales, apelando a la violencia desnuda para disciplinar regímenes y movimientos populares y amenazando con nuevas aventuras bélicas. Internamente, pugnan un presidente debilitado por su defección del programa que lo llevó al gobierno y varios candidatos republicanos todos declarados partidarios de la agresividad militar.

En este contexto mundial hostil y amenazador, América del Sur es escenario de un panorama político excepcional donde varios de sus países, lejos de plegarse al rumbo general de sometimiento al capital financiero, sus organismos y gobiernos que lo representan, desarrollan novedosas experiencias políticas. Con variados orígenes e historias diferentes, esos procesos tienen un común denominador: son proyectos nacionales independientes, cuya agenda integra los reclamos populares crónicamente postergados e incluye reformas democráticas progresistas.

Con ánimo peyorativo, el pensamiento neoliberal denomina a estas experiencias y gobiernos como “populistas”, ignorando que expresan gestiones de signo popular que por eso mismo cuentan con el apoyo mayoritario de sus pueblos, expresado en sucesivas elecciones libres y democráticas.

El Brasil de Lula Da Silva y Dilma Rousseff; la Bolivia de Evo Morales; el Ecuador de Rafael Correa; la Venezuela de Hugo Chávez; el Paraguay de Fernando Lugo; el Uruguay de José Mujica y el Frente Amplio, representan tentativas de avanzar en el camino de la igualdad social, de la profundización de la democracia y de la autonomía nacional, cada una con su propio modelo y su propio ritmo, sin copiar ninguna receta previa ni aplicar modelos preconcebidos. “Ni calco, ni copia”, como lo señalara el socialista peruano José Carlos Mariátegui.

Dentro de este grupo de experiencias resalta la que puso en marcha en la Argentina el gobierno de Néstor Kirchner en 2003 y que continúa ahora con el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner. Abandonando el proverbial aislamiento respecto del resto de América del Sur, nuestro país comenzó a estrechar lazos con la región y albergó un episodio central que comenzó a cerrar la etapa del llamado panamericanismo y consolidar el latinoamericanismo: el No al ALCA, frente al propio George Bush.

Avanzando en esfuerzos que posibiliten potenciar las economías nacionales en un marco común, el Mercosur, retomando el camino de la CECLA y el SELA y, sobre todo, haciendo realidad del sueño de nuestros libertadores, San Martín y Bolívar con la UNASUR, ésta construcción política permite ya conquistar la solidaridad de la región con causas como la de Malvinas.

Este camino de solidaridad regional no es nuevo para los socialistas, orgullosos del aporte invalorable de compañeros que fueron pioneros en la construcción de la unión latinoamericana, como José Ingenieros, Manuel Ugarte y Alfredo Palacios.

El proceso abierto en 2003 ha generado un notable avance en diversos campos: la economía del país ha crecido a ritmo sostenido y lo ha hecho con inclusión social. El índice de pobreza, que había ascendido al 51% en el 2001, se ha reducido a menos de la mitad, del mismo modo que ha disminuido la desocupación situada hoy por debajo del 7%. La Asignación Universal por Hijo como política pública inclusiva ha tenido efectos contundentes respecto de las condiciones de vida de los sectores mas castigados por la inequidad social. Ha recobrado vigencia la negociación colectiva, que protege el salario real de los trabajadores del sector formal y se ha mejorado sensiblemente la situación de los jubilados, tanto por el incremento de haberes como por la ampliación de la cobertura del sistema. La recuperación de los fondos previsionales capturados para la especulación financiera por las AFJP de Menem-Cavallo ha sido también un paso decisivo.

La política de renegociación de la deuda en default, y la eliminación del sometimiento al Fondo Monetario Internacional han contribuido poderosamente al fortalecimiento de la Independencia y la autoestima nacional. El Estado ha recobrado también el control de la aerolínea de bandera, las aguas corrientes, el correo, YPF y dotado al Banco Central de herramientas para que propicie activamente de políticas públicas ligadas a la producción y el empleo.

Son notorios los avances en materia de calidad institucional. Basta con recordar que se ha puesto fin a las aberraciones jurídicas que impedían la aplicación de justicia a los represores de la última dictadura militar, la renovación de la Corte Suprema y el proceso de ampliación de derechos a minorías que estaban privados de ellos, como lo atestigua la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, la Ley de Identidad de Género, la ley de Muerte Digna y, ahora, las iniciativas de reforma de los Códigos Civil, Comercial y Penal.

La Ley de Servicios Audiovisuales que, tras un largo debate público y con la oposición cerrada de los grandes oligopolios de la información, permitirá la democratización de la información y el libre acceso a la cultura.

De modo que esta breve etapa de nueve años se ha caracterizado por importantes cambios en un sentido democrático y progresivo como no se había experimentado en la Argentina en más de medio siglo. La comprensión de las características de la etapa nos llevo a concluir, durante el gobierno de Néstor Kirchner, que los socialistas de Argentina debíamos respaldar franca y decididamente el proceso de reformas e integración regional, sin perder de vista el camino pendiente que aun falta recorrer para alcanzar el irrenunciable objetivo de la igualdad social, camino que sabemos es muy largo y está lleno de obstáculos.

Sin ir mas lejos, a poco de iniciado el proceso de cambio que arrancó en el 2003 se conformó un bloque opositor heterogéneo, llamado parlamentariamente Grupo A, sin otro proyecto propio que la vuelta al pasado, pero con la fuerza que le confiere la participación decidida de los poderes fácticos junto a las fuerzas políticas de derecha. El poderío de ese bloque opositor se evidenció durante el conflicto por la aplicación de retenciones móviles a la exportación de soja, con los pooles de siembra, los rentistas y empresarios agropecuarios que nada tienen que ver con aquellos chacareros y aparceros que protagonizaron el glorioso grito de Alcorta en junio de 1912.

En este contexto, no es un dato menor el hecho de que el sujeto social que apoya y sostiene al gobierno es el ideal para encarar las transformaciones de avanzada que necesita nuestra sociedad. Sin embargo, en el complejo dispositivo político al que debe apelar el gobierno, que incluye al Partido Justicialista, conviven sectores que se identifican con un peronismo de izquierda nacional y popular, como la propia Cristina Fernández de Kirchner con otro ligados a expresiones mas conservadoras y aun otros francamente reaccionarios y oportunistas, que si bien es cierto cada vez con menor influencia, tienen aun alguna gravitación.

Precisamente por eso, la etapa que vivimos es propicia para que el Socialismo, en sus diversos afluentes, asuma un rol protagónico al interior del proyecto nacional, popular, democrático y latinoamericanista iniciado en Argentina en el año 2003.

Reconociendo las dificultades inherentes a su propia complejidad, enfrentando la campaña de hostigamiento permanente del poder económico concentrado y su correlato mediático, todos los sectores que suscribimos esta declaración sentimos la necesidad de crear una instancia de coordinación común de todos los socialistas que consideramos una necesidad concreta. Esto es posible porque en toda la geografía nacional, compañeras y compañeros que provienen de la misma tradición y sienten la misa responsabilidad, nunca bajaron los brazos y siguieron trabajando políticamente en un mismo sentido.

Unos militando en instancias territoriales y sectoriales, otros desempeñando representaciones legislativas, y algunos desde su responsabilidades ejecutivas en Municipios, Provincias y Nación, somos muchos los que trabajamos políticamente desde un socialismo que reconoce valores universales pero que se expresan en nuestra propia realidad histórica, en nuestro propio contexto como Nación y como región. Animados con esa visión abarcadora y a la vez concreta nos asumimos como protagonistas activos y no simples comentaristas del proceso de cambios.

Animados de esos ideales y con ese compromiso nos disponemos hoy a comenzar a construir una fuerza militante convergente, un instrumento amplio, federal, democrático, capaz de impulsar un programa a la vez realista y ambicioso, donde se actúe con convicción y se garantice pluralidad, diversidad, un ámbito donde circulen libremente las ideas y en el que la participación caracterice a la práctica política en común.

Fundados en este análisis de la situación nacional, regional e internacional; herederos de una tradición que, con sus luces y sus sombras estuvo siempre signada por el compromiso con los intereses del pueblo trabajador. y comprometido desde nuestra propia identidad con los procesos de cambios que viven el país y la región es que quienes suscribimos el presente documento damos por constituida la Confederación Socialista Argentina, instancia que respetando las peculiaridades de cada distrito aprovechará todas las potencialidades para construir el socialismo argentino, popular, democrático y latinoamericano que demanda éste tiempo.


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