LA DÉCADA GANADA / A MODO DE BALANCE

Un Estado que garantiza conquistas

La recuperación de la política asociada a un proyector transformador es una de los logros fundamentales del kirchnerismo. La expansión de derechos, un signo de la década, lo sitúa en las mejores tradiciones del republicanismo.

Un Estado que garantiza conquistas
El principal reto de la nueva década es que la vocación por profundizar el cambio se haga carne en partidos y organizaciones sociales.

Foto: Télam

El kirchnerismo es un fenómeno extraordinario de la política argentina contemporánea. Por un lado, apareció en nuestras vidas y en la vida del país de repente, casi de carambola, sin que casi tuviéramos tiempo de pedirle un programa (y mucho menos una identidad), que tenemos a menudo la impresión de que fue construyendo más bien sobre la marcha. Por otro lado, y a pesar de eso, sí que tuvo un programa, y por cierto que uno altamente consistente: hay que revisar nomás (estos días de aniversario han sido una buena ocasión para ello) el notable discurso de asunción del presidente Kirchner ante la Asamblea Legislativa, donde los grandes lineamientos de la acción gubernamental de todos estos años estaban trazados con llamativa claridad. Pero no es éste el lugar para llevar adelante ese ejercicio, que nos tomaría todo el espacio del que disponemos para este rápido balance. Más bien, prefiero detenerme sobre sólo dos aspectos decisivos de este ciclo de renovación política y al mismo tiempo conceptual tan importante: el modo en que durante el mismo se replantearon el lugar y las tareas del Estado y la manera en la que se modificaron los grandes lineamientos de la política exterior.

Se ha dicho ya: el kirchnerismo, que recupera a la política de las garras de los poderes económicos, mediáticos y lingüísticos que la habían colonizado y esterilizado, recupera también, como instrumento de esa política ahora emancipada, esa herramienta fundamental que es el Estado. Y nos obliga a reponer al problema (político y teórico) del Estado en el centro de nuestros desvelos. Todo lo que aquí querría apuntar es que esta renovación conceptual que el kirchnerismo nos propone es muy profunda y radical. Porque no se trata apenas de que hayamos descubierto la necesidad de volver a pensar sobre un tema o un “objeto” que habíamos dejado durante demasiado tiempo fuera de nuestra agenda de preocupaciones, sino de replantear la lógica con la que ese objeto, el Estado, venía apareciendo, desde hacía rato, en el seno de los pensamientos críticos o de izquierda entre nosotros y en el mundo entero. Como ha escrito Jorge Alemán, en estos años argentinos nos hemos deslizado de un modo de pensar que hacía del Estado el obstáculo para (o el enemigo de) cualquier proceso emancipatorio a un modo de pensar que hace del Estado un momento y un motor de esas mismas luchas.

Que también han cambiado. Porque si a la salida de la última dictadura las luchas lo eran sobre todo por la reconquista de aquello que de modo más flagrante nos había sido retaceado en los años anteriores, la libertad, ahora esas luchas (encaradas en general desde la cima del aparato del Estado y a partir de la iniciativa del gobierno de ese Estado según una lógica jacobina que, por cierto, no ha estado ausente en ninguno de los grandes movimientos populistas de la historia de América Latina) lo son en primer lugar por la ampliación, la expansión, la universalización de derechos. Con los que solo contamos si contamos también con un Estado en condiciones de garantizarlos, como ocurre con el derecho a la educación (que puede postularse porque hay un Estado que construye escuelas y universidades y les paga los salarios a sus profesores y sostiene programas de becas para sus estudiantes y despliega por todo el país el Plan Conectar Igualdad), o a la jubilación (que tenemos porque tenemos un Estado que administra los fondos a ellas destinados) o a tantas otras cosas. Llamamos (hoy se llama, en la Argentina) democratización a este proceso expansivo de profundización y generalización de derechos.

Desplazamiento, entonces, del énfasis en la libertad al énfasis en los derechos. Que podemos sostener hoy, en la Argentina, por dos razones. Primero, porque esas libertades que procurábamos en los ochenta, cuando recién salíamos de la dictadura que las había atropellado a todas, rigen plenamente, y más que nunca en nuestra historia, entre nosotros. Y esto no por el simple paso del tiempo, sino por la decisión consciente del gobierno más liberal que jamás hayamos tenido (éste) de respetar a rajatabla todas las libertades por las que los liberales lucharon a lo largo de la historia: la de opinión, la de expresión, la de movilización, la de protesta. Segundo, porque tenemos —repito— un Estado que ya no es percibido como un obstáculo para el ejercicio de esas libertades y derechos, sino como la propia condición de posibilidad de ese ejercicio. Lo cual, por cierto, acerca el modo kirchnerista de pensar el Estado y el bien común a la gran tradición republicana, que, de Cicerón a Hegel y de Mariano Moreno para acá, fue siempre una tradición estatalista, y demasiado preciosa —por lo demás— para regalársela al racimo de conservadores que entre nosotros vienen pretendiendo apropiarse de ella.

Un republicanismo popular, entonces, o democrático: nada que no estuviera contemplado (en contrapunto con el republicanismo aristocrático que algunas voces parecen añorar entre nosotros) en las viejas taxonomías de Aristóteles o de Montesquieu. Pero ya que mencioné al pasar a Mariano Moreno, y ya que en estos años estamos conmemorando los dos siglos de un ciclo de revolución e independencia que si en nuestro país se extiende entre 1810 y 1816 (con un punto central, por cierto, en el 13 y su Asamblea), abarca también, con diferencias de algunos pocos años más o menos, al conjunto de países de toda la región, digamos algo respecto de la segunda cuestión sobre la que, como anuncié al comienzo, el kirchnerismo viene dejando una marca profunda. Me refiero, claro, a su modo de encarar su ruptura con un paradigma de sujeción a los designios más evidentes de los poderes políticos y financieros del mundo y de promover en cambio una integración de nuestro país con los otros que componen la región sudamericana, a la que los líderes más relevantes de estos últimos diez años (Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Kirchner en la Argentina) decidieron oportunamente unir los destinos de sus pueblos.

Un republicanismo popular latinoamericano, pues. Que ha repuesto algunos temas (como el de la asimetría de las relaciones económicas internacionales) que habían desaparecido de nuestras discusiones bajo el peso del neoliberalismo triunfante en los años anteriores. Y que propone hoy al debate colectivo y a la construcción política un conjunto de desafíos importantes. Termino señalando uno, acaso el principal. Dije ya que la agenda reformista de los tres últimos gobiernos fue menos el resultado de un oído atento a las demandas de ningún actor social especialmente movilizado que una construcción “de arriba a abajo” de un grupo político muy activo. Y agregué que el proceso de integración regional en marcha fue menos una exigencia de los pueblos suramericanos que una decisión astuta y audaz de (algunos de) sus gobernantes. En ese contexto, el principal reto que esta década deja hacia el futuro es el de hacer carne en los ciudadanos, los partidos y las organizaciones de la sociedad la vocación por profundizar un camino de cambio social, democratización política e integración regional cuya suerte no puede estar librada a la continuidad del equipo gubernamental que lo viene sosteniendo.

Eduardo Rinesi
Rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento 


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