EL SÍMBOLO DE UNA ETAPA TENEBROSA

Así esté hablando Videla

La muerte del dictador disparó múltiples abordajes sobre el impacto que el terrorismo de Estado generó en la sociedad argentina. Aquí, un recuerdo infantil exhibe hasta qué punto esa lógica impregnaba la vida cotidiana.

Así esté hablando Videla

Ilustración: Hugo Costanzo

La anécdota es mínima, y sin embargo nunca la olvidé. Voy a primer grado, es el año ‘78. Tengo la conciencia difusa de no ser todo lo aplicado que se espera de mí. La confirmación llega en forma de nota manuscrita, una tarde, a mi casa. Mi madre me explica que la maestra dice que converso en clase, y que, cuando suena el timbre, sigo jugando, y que no me formo a tiempo. Me lo dice con el cuaderno de comunicaciones en la mano, me dice lo que acaba de leer. Cuando cierra el cuaderno, entiendo que lo que sigue es improvisado por ella: “Cuando suena el timbre, así esté hablando Videla, vos vas y te formás”. Habrán pasado algunos días, irrecuperables en el recuerdo. Estoy en el baño del colegio, sentado en el inodoro. Ahora me sorprende esa valentía: siempre, para un chico, el baño del colegio representa la amenaza de la irrupción intempestiva, la posibilidad de ser sorprendido en su desnudez incomparable. De algún modo, la amenaza se cumple: suena el timbre. Recuerdo la admonición de mi madre —o es lo que fácilmente conjeturo ahora—, me levanto del inodoro, formo fila. Naturalmente, el proceso sigue en el aula. La maestra me saca al pasillo, me deja de pie contra la pared, me dice que ya llamaron a mi madre, que vendrá pronto a buscarme. Es lo que ocurre, vamos a casa, el recuerdo siguiente es el de estar jugando en la bañadera en un horario incongruente.

Vuelvo a pensar en la anécdota, en la cadena autoritaria que ilustra, y lo primero que se me ocurre es una idea ridícula: en términos lógicos, Videla debía estar hablando en el baño, puesto que el timbre irreprimible me convocó fuera del imperio de su autoridad hacia —paradójicamente— la formación en fila. Lo que sigue es menos absurdo: Videla es el nombre de la autoridad que tomó espesor con el tiempo, y por eso nunca olvidé la anécdota. Y sin embargo, el modo en que está nombrada esa autoridad en la admonición de mi madre es ambiguo: hasta un niño entiende que es la autoridad máxima y por eso se la invoca, mientras que la misma forma retórica de esa invocación declara que mi madre tiene, o pretende tener, mayor autoridad que esa autoridad máxima, y que por eso la invoca. Ese modo retórico de nombrar la autoridad remite a la idea de que siempre hay una autoridad mayor, aún por encima de la autoridad de las autoridades, es decir, que la autoridad puede querer ser incesante, definitiva, siempre más autoritaria, pero que en la invocación misma de esa totalidad está agazapada la disolución de esa aspiración. Lo que se entiende, en definitiva, es lo que entendió Sartre: que la única autoridad es la que uno mismo otorga. La autoridad de mi madre —de aspiración más autoritaria que la de Videla, por lo menos en la forma retórica—, de algún modo se ha disuelto: estas líneas lo prueban.

Pero Videla no fue autoritario. Fue algo peor, o distinto, algo mucho más oscuro. Sólo las formas exteriores de su autoridad pueden ser pensadas como autoritarias. La verdadera índole de su autoridad fue silenciosa. A diferencia de mi madre, Videla no nombraba. Ni siquiera podemos llamarlo fascista: el fascismo vocifera, es el eco que perdura. La idea de autoridad en Videla remite más bien al eco del silencio. Todos estamos dispuestos a descansar en la autoridad del otro. Para muchos, las calles de Videla fueron calles descansadas. Y no sólo por la pregonada seguridad, como diríamos ahora, sino por la idea fácil de que había alguien ocupándose de lo que había que ocuparse, sin que nosotros conociéramos del todo esa tarea, sin que fuéramos interpelados por ella como para examinarla. Esos caminantes descansados tenían preocupaciones que no terminaban de ocuparlos, y descansaban de esas preocupaciones caminando por las calles de Videla, la autoridad que les ahogaba la pregunta.

Pero esa autoridad ejecutó la tarea que se había dado a sí misma de un modo inconcebiblemente violento: lo hizo en silencio, sin hacer entrar a los condenados por su autoridad en ninguna lógica punitiva. Porque no los condenó, hizo algo peor: ni siquiera se atrevió a llamarlos condenados. Decidir qué se nombra y qué no es reservarse el grado máximo de la violencia para lo no nombrado. Videla fue un hacedor de inconcebibles cementerios sin nombres. No nos llevó al infierno de su autoridad, nos llevó al infierno innominado —que parece no pertenecer a ninguna tradición del castigo— del no cementerio, la tierra común del desaparecido. Y ahora, increíblemente, su cuerpo nombrado se resiste a entrar en el cementerio de Mercedes, que es un nombre y es muchos.

¿Qué se espera del verdugo? Que nombre y castigue. Que llame réprobo al condenado y lo condene al infierno. Se espera, en definitiva, que actúe con arreglo a una lógica: la del verdugo. La injusticia del verdugo lógico otorga una condición desde la cual sublevarse, y eso ya es algo, una aspiración de vida, de rebelión: la frustrada posibilidad de ser otra cosa. Pero hay algo peor que ese verdugo lógico: el que trabaja sus vacíos, sus silencios.

Si en Videla no hubo remordimiento fue porque, estrictamente, no hubo condena. Videla atravesó el vacío, y eso no es condenar a los réprobos, es algo peor: es no condenarlos. Es no admitir ninguna lógica en el sufrimiento del otro, no hacerlo entrar en ningún régimen punitivo, no nombrarlo. Por eso no se vació de culpa al modo del verdugo institucional, que se piensa instrumentalizado al servicio de un interés mayor. Videla se vació de nombres, que es el modo de exculparse invistiéndose de la autoridad suprema, en tanto que, al no nombrar, no hay condena. El silencio inconcebible de Videla remite a la idea de la absoluta indiferencia: no hay conciencia, porque no hay mundo, porque no hay nombres. Lo sabemos: así esté hablando, Videla, no nombra.

Matías Alinovi


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