GERENTES DEL CAPITAL TOMAN LAS RIENDAS EN FRANCIA

Una muerte indigna para el PS

El firme compromiso del gobierno de Hollande con el programa de austeridad impulsado por la troika europea condena a la desaparición a lo que queda de la izquierda tradicional en ese país y da alas a la ultraderecha.

Una muerte indigna para el PS
Merkel está encantada con la agenda de reformas de Valls, para quien la izquierda debe derechizarse o morir.

 

En una entrevista publicada el 23 de julio pasado en el diario español El País, el primer ministro del gobierno socialista francés, Manuel Valls, afirmó que “la izquierda puede morir si no se reinventa y renuncia al progreso”. Esa sentencia tenía entonces, un sentido muy preciso: advertir a los disidentes del Partido Socialista francés (PSF) y a la izquierda en general que, de no implementar a rajatabla las medidas económicas de ajuste impuestas por Bruselas y el FMI, Francia no logrará superar el estancamiento económico por el que atraviesa.

Designado por François Hollande el pasado 31 de marzo y ante el regocijo de la derecha, Valls asumió con el objetivo de ocupar el rol de “rostro político” de un programa orientado hacia una profunda reducción del déficit fiscal, apoyo a la competitividad de las empresas y reforma del Estado. Así, el presidente socialista parece haber sincerado el itinerario de su gobierno de cara a lo que resta de su gestión, que se prevé turbulenta.

Para coronar lo anterior, basta con mencionar la designación, el pasado 26 de agosto, de Emmanuel Macron, ex funcionario de la banca Rothschild, como ministro de Economía, junto con la expulsión de su gabinete de tres ministros del ala izquierda del PSF. Se trata de Arnaud Montebourg, hasta entonces al frente de Economía; Benoît Hamon, de Educación, y Aurélie Filippetti, de Cultura, que junto a casi medio centenar de legisladores del propio partido más algunos aliados se opusieron a la sanción del paquete legislativo encauzado a la baja de cotizaciones sociales para las empresas y el congelamiento de pensiones, cuestiones consideradas nodales para la puesta en marcha del pacto de “responsabilidad fiscal” impulsado por el renovado gabinete, que prevé un recorte del gasto público de 50.000 millones de euros en tres años.

Pero cabe preguntarse cuál es la izquierda que, según Valls, corre riesgo de vida en el oscuro horizonte francés. Para identificarla, hay que remontarse a inicios de la década de 1980, cuando el socialista Françoise Mitterrand comienza la tarea, hasta entonces encarada solamente por líderes ultraconservadores, de demolición del estado de bienestar que fuera orgullo de socialdemócratas europeos desde la reconstrucción de postguerra.

Al iniciar su gobierno en 1981, Mitterrand nacionalizó la mayoría de los bancos y de las firmas industriales estratégicas, elevó los impuestos, amplió los beneficios sociales, incrementó el número de puestos de trabajo públicos, abolió la pena de muerte y acabó con el sistema de prefecturas centralizadas establecido por Napoleón. Pero entre 1982 y 1983 este programa ciertamente progresista se encontró con un contexto económico recesivo, y el gobierno socialista inició un giro sustancial imponiendo una política de devaluación de la moneda y medidas de austeridad. Para julio de 1984, Mitterrand reajustó completamente su gobierno; los comunistas, que habían ocupado cuatro carteras en el gabinete anterior, se negaron a participar en el nuevo consejo.

Con esta claudicación, el PSF en particular, pero la socialdemocracia europea en general, pareció haber iniciado un periplo que puso en evidencia la impotencia de los programas reformistas ante las embestidas corporativas.

Finalmente, con la firma del tratado de Maastricht el primero de enero de 1992, y la prioridad puesta en el equilibrio fiscal para todos los estados miembro de la Unión Europea, la socialdemocracia quedó encorsetada en el programa dictado por los intereses del capital concentrado y pasó a subordinar su acción política al lobby de las grandes corporaciones.

En el cuadro actual, el relato de esta izquierda moribunda es el mismo: no habiendo alternativa al capitalismo, lo mejor es congraciarse con él, atendiendo sus demandas y cediendo ante su prepotencia para, finalmente, aguardar a que una vez superada la crisis y recompuesta la tasa de ganancia, la abundancia se derrame hacia el resto de la sociedad. Pero este relato se presenta cada vez menos aceptable para los franceses.

Hollande, que hace poco más de dos años asumió tras un ajustado triunfo en segunda vuelta con poco más de 51 % de los votos sobre Nicolas Sarkozy —y manifestó haber interpretado “la voluntad de cambio” de la ciudadanía—, optó finalmente por repetir la vieja receta, renegando de sus promesas y alineándose con la troika conservadora que gobierna Europa.

Desde entonces y tras las duras derrotas sufridas por el PSF en las elecciones municipales de marzo de este año y las europeas, realizadas en de mayo, donde se ubicó en tercer lugar con un porcentaje que apenas superó los 13 puntos, la imagen de Hollande no para de caer. De más de 50% de aprobación a su gestión hacia mediados de 2012, hoy no alcanza los 20 puntos porcentuales según todos los sondeos.

La situación es todavía más grave si se toma en cuenta el estancamiento electoral del Frente de Izquierda de Jean-Luc Mélenchon, dato que parece condicionar el surgimiento de una renovada alternativa progresista, y la progresión del ultraderechista Frente Nacional de Marine Le Pen que, con un caudal de votos de más de 25% constituye actualmente un tercio de la representación francesa en el parlamento europeo.

La gran recesión iniciada en 2008 en las economías más desarrolladas y luego derramada al resto del globo no puede interpretarse ya como una consecuencia indeseada de la irracionalidad del capital, sino, más bien, como una fase de su propio desarrollo, donde se depura de sus elementos más ineficientes y se relanza concentrado cada vez en menos y más importantes actores a la conquista de viejos derechos que en países como Francia parecían, hasta hace no mucho tiempo, consolidados.

Hollande y el PSF han aceptado, sin resistencia, ser los instrumentos políticos de esta nueva oleada de agresiones a los derechos de las clases populares. Así, la advertencia de Valls cobra la forma de amenaza y fuerza a la izquierda francesa a sobrevivir apenas, renegando de sus valores más esenciales. Bien entendida, no es más que otra forma de morir, por cierto, carente de toda dignidad. 

Aníbal Cipollina


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