SEMBLANZA DEL OTRO SAN MARTÍN

Un soldado con ideas claras

Mitre quiso convertirlo en un militar que no entendía de política y la Iglesia, en un devoto católico. Fue, por el contrario, un hombre ganado por la causa de la libertad y la soberanía popular, en un tiempo revolucionario.

Un soldado con ideas claras
“Seamos libres y lo demás no importa”, arengó San Martín a sus soldados en tiempos de extrema escasez.

 

La revolución argentina es un detalle de la revolución de América, como ésta es un detalle de la de España, como ésta es un detalle de la revolución francesa”. Juan Bautista Alberdi explicaba así la Revolución de Mayo en su libro Grandes y pequeños hombres del Plata, de 1879. Aunque no se lo hubiera propuesto, con esa frase certera iluminaba también el eje central de la trayectoria vital de José de San Martín.

Nacido “en las Misiones del Paraguay”, como declaró él mismo en 1824 en el puerto de El Havre, ya terminado su periplo americano, San Martín vivió en España desde 1783, cuando era muy chico, y allí se hizo hombre, y allí su cabeza fue ganada por las ideas de la Gran Revolución francesa de 1789. Allí también se sumó a la revolución popular iniciada en 1808 con motivo de la invasión napoleónica. Esa lucha, según aseguró más tarde, era “de la misma naturaleza” que la americana, porque ambas tenían “a la libertad por objeto y a la opresión por causa”.

Vencido, decidió seguir en América su lucha contra la monarquía absoluta, contra los privilegios de nacimiento, contra el oscurantismo. Llegó a Buenos Aires en marzo de 1812. Manuel Moreno, representante de las Provincias Unidas en Londres, avisó al gobierno que en una fragata inglesa viajaban “varios oficiales escapados de Cádiz” que le iban a ofrecer sus servicios.

Uno de esos oficiales era San Martín, sobreviviente de una revolución derrotada, que se proponía seguir con su causa en la tierra en la que había nacido y a la que no había vuelto jamás a lo largo de treinta años. No era el hijo americano de una familia de nobles españoles que sentía el llamado de su suelo natal, como prefirió relatar Bartolomé Mitre.

Era un hombre ganado por una idea. Un plebeyo de familia pobre, de escuela gratuita, de salario escaso, de madre que había peleado durante años por una pensión decente por su difunto esposo, un “indiano” para los españoles nacidos en España. Era también, desde los trece años, un soldado.

San Martín, sin embargo, estaba lejos del militar apolítico o que no entiende nada de política, como pretendió Mitre. Sucede que sus elecciones políticas eran opuestas a las de su biógrafo, que en realidad lo detestaba. Es que su clase, la burguesía mercantil de Buenos Aires, nunca le perdonó que en 1819 desobedeciera la orden de traer el Ejército de los Andes a reprimir a los paisanos federales del Litoral.

San Martín era un soldado que sabía por qué peleaba. Lo hacía por la libertad, por la soberanía popular. “Cada uno de vosotros ha pertenecido a la causa de los pueblos. Cada uno pertenece a la humanidad. Los deberes militares no pueden alterar aquellas fuertes obligaciones de la naturaleza”. Así lo proclamó a sus soldados al empezar la campaña del Perú.

También se permitió, cuando pudo, transgredir las jerarquías y los prejuicios todavía vigentes en plena revolución. Al día siguiente del combate de San Lorenzo, en febrero de 1813, intercambió prisioneros con el jefe realista. Entre los que recibió como liberados estaba un mestizo paraguayo de nombre José Félix Bogado, al que ofreció incorporarse a su regimiento como soldado raso. Bogado aceptó. Era buen soldado, así que San Martín lo ascendió a cabo y a sargento, y después a teniente y a capitán, a pesar de que las reglas y la opinión social reservaban los grados de oficial a los hijos de las familias decentes. En 1826, cuando los restos del regimiento volvieron a Buenos Aires después de toda la campaña libertadora, su jefe era el coronel Bogado.

Antes del cruce de los Andes, se reunió en parlamento con dos mil pehuenches y les pidió a sus jefes autorización para pasar por las tierras de las que eran legítimos dueños, para combatir a los realistas. “Yo también soy indio”, les dijo. Tres años después, en momentos de extremada escasez de recursos, arengó a sus soldados: “Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos tejan nuestras mujeres y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa”.

Mitre castró a San Martín, le quitó el filo revolucionario y el pensamiento político. Ciertos revisionistas lo hicieron católico, amante del orden y de las jerarquías. El diario La Nación, recientemente, lo ha presentado, literalmente, como un facho, seguramente para acercarlo a sus propios lectores. Este tiempo permite recuperar a otro San Martín. El que podía vislumbrarse en las palabras de Alberdi, hace bastante más de un siglo.

Ulises Muschietti


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