MERCADO DE TRABAJO Y VULNERABILIDAD

Con la marca de la precariedad

La feminización del empleo pone de manifiesto las limitaciones que enfrentan las mujeres a la hora de ingresar al mundo laboral. Para superarlas, es necesario persistir en el crecimiento con inclusión.

Con la marca de la precariedad
Es necesario garantizar a las mujeres una educación no sexista, salud integral, empleo digno, planificación familiar y una vida sin violencia.

Foto: Télam

La mujer joven confinada sólo al trabajo doméstico y reproductivo exhibe uno de los perfiles más frecuentes de vulnerabilidad social. Muchas de ellas tratan de romper con esa única reseña para ir en busca de mayores oportunidades laborales y educacionales. Más allá de las políticas públicas de empleo, la precariedad laboral muestra que las trayectorias laborales están cada vez más alejadas de una condición de integración estable y segura y en cambio refuerzan el proceso de vulnerabilidad.

Para Castel, los hogares y los individuos vulnerables se enfrentan a un riesgo de deterioro, pérdida o imposibilidad de acceso a condiciones laborales, habitacionales, sanitarias, educativas, previsionales, de participación y de acceso diferencial a la información y a las oportunidades. Existe una fuerte correlación entre el lugar que se ocupa en la división social del trabajo y la participación en las redes de sociabilidad y en los sistemas de protección que “cubren” a un individuo ante los riesgos de existencia. Así, la vulnerabilidad conjuga la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad.

La concepción africana ubuntu —basada en la idea de que cada individuo está inmerso en una totalidad— parece interesante para abordar el sentido que cobran las redes en la conformación de la identidad de grupos como el de las mujeres jóvenes. Sin embargo, el proceso es complejo: si bien las mujeres salen al espacio público, comienzan a participar activamente, se involucran unas y otras, descubren espacios nuevos y generan nuevos lazos sociales, al mismo tiempo continúan estereotipadas en ciertas funciones y roles relacionados con el género.

En los 80 y 90, con la mundialización del capital, mientras hubo una regresión en el empleo masculino, crecieron el empleo y el trabajo femenino remunerado y se feminizó el contingente asalariado, en particular en el sector de servicios. La cuestión es cómo compatibilizar el acceso al trabajo, que forma parte del proceso de emancipación femenina, con la eliminación de las desigualdades existentes en la división sexual del trabajo, que atienden a los intereses del capital. Otro punto es que esta inserción de la mujer, tanto en los espacios formales como informales del mercado de trabajo, se produjo sobre todo en las áreas donde predominan los empleos precarios y vulnerables, donde la explotación se encuentra más acentuada.

La feminización de la precariedad laboral es una de las paradojas de la mundialización del capital en el mundo del trabajo. ¿Estamos en presencia de una inserción de la mujer a medio camino? La igualdad de género significa que derechos, responsabilidades y oportunidades no dependan de si han nacido varones o mujeres. La equidad es concebida como la justicia en el tratamiento a mujeres y varones de acuerdo con sus respectivas necesidades e implica usar procedimientos diferenciales para corregir desigualdades de partida en términos de derechos, beneficios, obligaciones y oportunidades. Estas medidas son conocidas como acciones positivas o afirmativas porque facilitan, en este caso a las mujeres, el acceso a una educación no sexista, a una salud integral, al empleo digno, a la planificación familiar, a una vida sin violencia y a un largo etcétera.

Estamos en condiciones de afirmar que hay tres niveles de desigualdad entre varones y mujeres. La primera es que la mujer se encuentra en situación de desventaja respecto de sus colegas masculinos porque tiene mayores dificultades de compatibilizar obligaciones laborales y familiares. La segunda, que sus posibilidades de acceder a un trabajo son menores. Por último, en caso de que obtenga un empleo, la calidad de éste es menor a la de un varón con similares calificaciones. En suma, aunque las mujeres se han incorporado al campo laboral de forma significativa y consistente, persisten obstáculos, externos e internos, que hacen que esa inserción sea conflictiva.

Para las mujeres, la búsqueda de un buen empleo expresa estabilidad y posibilidades de progreso o promoción en una actividad que les interesa; sin embargo, muchas se ven insertas en empleos inevitables, que permiten pagar cuentas, sobrevivir y que no necesariamente anhelan. La calificación requerida en numerosos oficios “femeninos” se asemeja a sus cualidades domésticas: destreza, agilidad, exactitud. El trabajo profesional y el trabajo doméstico mantienen relaciones de yuxtaposición, incluso de superposición, cuando ambos se practican en un mismo lugar. Sin embargo, las relaciones de imbricación persisten igualmente cuando se encuentran aparentemente disociados.

La participación de las mujeres en las responsabilidades domésticas y asociadas con el cuidado de los hijos continúa siendo una fuente de vulnerabilidad para ellas, no sólo porque se trata de trabajo no remunerado sino porque disminuye su movilidad y su autonomía para diseñar estrategias relacionadas con el mercado laboral.

Se debe encarar una política activa de promoción de la mujer que permita mejores oportunidades de trabajo a través de planes de desarrollo, orientación y formación profesional, así como fomentar el cambio educacional y cultural en todas sus dimensiones.

De cara al futuro, nos esperan retos y desafíos. Si bien han existido avances sustantivos en el ámbito laboral, todavía queda mucho hacer. Por eso, la profundización del modelo de desarrollo establecido a partir de 2003 resulta necesario a la hora de pensar en continuar transitando un camino de crecimiento con inclusión social y empleos de calidad para todo y todas.

Melisa Brito


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