EL PODER CONCENTRADO NO LOGRA INVENTAR UNA OPOSICIÓN

Siete personajes en busca de libreto

Aunque 2015 está lejos, diversos dirigentes se disputan el favor de los medios hegemónicos y los grandes grupos como candidatos a torcer el rumbo iniciado en 2003. Sin embargo, la estrategia de oponerse a todo no encuentra respaldo popular y la Presidenta sigue ocupando el escenario y liderando la iniciativa política.

Siete personajes en busca de libreto
Biolcati debería reparar en la suerte de su amigo Llambías, que perdió por paliza en las legislativas de 2011.

Esteban Mac Alllister / Stock Press

Después de convertir, y mientras caminan hacia el centro de la cancha, no pocos jugadores miran hacia el cielo y se persignan. El gesto podría interpretarse como un agradecimiento a la divinidad que les ha permitido concretar su propósito, pero también como una demanda de reconocimiento. Salvando las distancias, porque el fútbol sí ha probado ser bello y cautivante, muchos opositores al gobierno nacional parecen cifrar sus esperanzas en la aprobación de dioses que no se dejan ver, pero que todos saben dónde están. Y así, les ofrecen cotidianamente gestos y sacrificios —de sus convicciones pasadas o su independencia futura— para convertirse en elegidos, si no de la ciudadanía, al menos de los poderes fácticos.

A lo largo de estos años, la sociedad argentina ha presenciado el nacimiento, la muerte y la resurrección de opositores destinados a detener o desviar el curso de las transformaciones iniciadas en 2003. Todos ellos han tenido sus cinco minutos de fama en los medios y algunos, bastante más: desde una hoy devaluada pitonisa hasta un cómico grotesco, de millonarios a gremialistas que ayer provocaban espanto y hoy seducen. Sin embargo, para desesperación y desconsuelo de los organizadores del casting, nadie da con el physique du role requerido para semejante tarea.

Ese desconsuelo se expresa a veces de manera explícita. En 2009, tras un desgastante conflicto con las patronales agropecuarias y en medio de una grave crisis internacional que desplomó las exportaciones argentinas y desaceleró bruscamente el crecimiento de la economía local, el oficialismo fue superado en las legislativas. Los pronosticadores de turno imaginaron ese traspié como el principio del fin, pero pronto debieron rendirse a la evidencia: esa derrota no significaba necesariamente la victoria de una fuerza capaz de liderar el ansiado cambio de rumbo. Así lo constataba, con indisimulada pesadumbre, un colaborador habitual de La Nación en una nota cuyo sugerente título, “¿Qué te pasa, oposición?”, da cuenta de cómo entiende y practica el diario la objetividad periodística.

Dentro de la troupe opositora, la gran esperanza blanca del poder económico es, sin lugar a dudas, el jefe de Gobierno porteño, lo que no hace sino explicar ese desconsuelo. Hace ya varias décadas, en plena dictadura, el entonces titular de la Comisión Municipal de la Vivienda, Guillermo Del Cioppo, enunciaba en una entrevista lo que piensa Mauricio Macri, pero se abstiene de hacer público. “Hay que definir una política de la calidad de los habitantes. En estos últimos años —decía Del Cioppo, que poco después sucedería al brigadier Osvaldo Cacciatore al frente de la intendencia—, hemos visto integrarse a nuestra geografía esa población marginal de que le hablaba, de muy bajo nivel laboral. Nosotros solamente pretendemos que vivan en nuestra ciudad quienes están preparados culturalmente para vivir en ella. Concretamente: vivir en Buenos Aires no es para cualquiera sino para el que lo merezca, para el que acepte las pautas de una vida comunitaria agradable y eficiente. Debemos tener una ciudad mejor para la mejor gente”.

En tiempos propicios para la eugenesia social, las topadoras de Del Cioppo y Cacciatore expulsaron de los límites de la Ciudad a los pobladores de las villas. Hoy, su heredero del Barrio Parque observa consternado un país que no acaba de entender No sólo le reclaman que trabaje —ni papá me pedía eso, piensa para sus adentros—; se le caen los edificios; no le transfieren el metro neoyorquino, sino el subte porteño, en el que viaja gente vulgar y trabajan comunistas; le reclaman que ponga plata en escuelas y hospitales para pobres, donde ni siquiera los maestros son rubios. Macri no es de los que precisan forzar el gesto. Representante de la derecha pura y dura de cuño empresarial, su indignación con “la señora de enfrente” —por la Presidenta elegida por 54 por ciento de los argentinos y triunfante en su propio distrito— es visceral, un reflejo de clase que comparten muchos de los comunicadores que lo convocan y protegen, pero que no le asegura convertirse en una opción electoral de alcance nacional. De allí, los aún tímidos intentos por encarar acuerdos más amplios con un sector del viejo peronismo y del nuevo radicalismo, con los que gobierna la ciudad en cálida armonía. Hugo Moyano, en cambio, necesita sobreactuar. Y parece poco probable que las operaciones para convertirlo en un candidato potable resulten exitosas. Hasta que decidió romper con el gobierno nacional, el camionero era, de hecho, la encarnación viva de todo lo que el establishment y sus medios combaten y desprecian, al menos públicamente, porque los empresarios argentinos han demostrado una sugerente flexibilidad para llegar a acuerdos convenientes con sectores del sindicalismo.

De conducir el Movimiento de los Trabajadores Argentinos que se opuso a las reformas del menemismo a dar bien en las pantallas de TN hay más de un paso. Moyano, que nunca ocultó su admiración por Jimmy Hoffa —el dirigente de los camioneros estadounidenses, asociado con la mafia—, sueña desde hace tiempo con un salto a la política y ve en el ascenso de Lula a la presidencia brasileña un camino posible. No hace falta explicar las diferencias entre uno y otro, que saltan a la vista; las circunstancias históricas que hicieron posible el liderazgo del metalúrgico paulista no son en modo alguno trasladables a la realidad local. Por otro lado, la emergencia del PT también encuentra su explicación en la debilidad del sistema de partidos brasileño, algo que difícilmente pueda decirse de la Argentina, más allá de las críticas que puedan hacerse a su funcionamiento.

Rotos los puentes con un gobierno que con sus políticas favoreció objetivamente el formidable crecimiento de la economía, de los trabajadores registrados y del poder de compra de los salarios, Moyano, más que un salto, debe ensayar una pirueta riesgosa y de inciertos resultados. Tras anunciar su decisión de seguir al frente de una CGT ahora opositora, y de los consecuentes exabruptos contra el kirchnerismo, tuvo una prolífera presencia en los medios. Sin embargo, sus demandas contra la inseguridad, por ejemplo, deben haber parecido poco creíbles, porque los directores del casting no han vuelto a convocarlo. No es el único caso en que los métodos que se revelan exitosos en un ámbito fracasan en otro. En la inauguración de la muestra anual de Palermo, con la solitaria compañía de Macri, el titular saliente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, ensayó un discurso político que inmediatamente lo ubicó como candidato. No se quedó en el habitual llanto por las penurias de los pobres terratenientes; disparó, él también, contra la inseguridad, la corrupción, la intolerancia y el deterioro de las instituciones. Unas semanas antes, había estado en La Plata al frente de una patota para impedir que una de las instituciones cuyo deterioro denuncia, la Legislatura bonaerense, considerara la posibilidad de aprobar un módico aumento del impuesto que grava la propiedad rural, que se mantuvo sin cambios mientras las tierras se valorizaban en forma exorbitante.

Biolcati debería reparar en la suerte de su compañero de la Mesa de Enlace, Mario Llambías, lanzado a la arena electoral por consejo de una pitonisa hoy desaparecida. El histórico dirigente de las también reaccionarias Confederaciones Rurales Argentinas perdió escandalosamente no sólo en el promedio global bonaerense, sino incluso en los distritos donde los estancieros tienen sus terrenos más prósperos. En alguna medida, la situación de Eduardo Buzzi es asimilable a la del dirigente camionero, aunque es probable que tengan diferencias entre sí a la hora de fijar el precio de los fletes. Por lo pronto, en la celebración del centenario de la Federación Agraria Argentina, situó a Moyano “en la vereda de quienes nos oponemos a este gobierno”, como si se tratara de alguna distinción valiosa. Buzzi —que, eso sí, se niega a ponerse corbata— pasó sin escalas de los foros progresistas a las reuniones con la Mesa, coronadas con aquel inolvidable salto de alegría con que unos y otros celebraron el voto no positivo de Julio Cleto Cobos, el vicepresidente mimado de los medios que ahora proclama su retorno como si alguien estuviera esperándolo.

Carentes de carisma, algo demorados, quizás guardando fuerzas para la recta final, se asoman por detrás de la puerta los gobernadores José Manuel de la Sota y Hermes Binner. Al cierre de esta edición, el cordobés mantenía una disputa con gobierno nacional por fondos supuestamente adeudados por la Nación y se disponía a avanzar en algún tipo de acuerdo con Macri, mientras el santafesino continúa enredado en sus habituales galimatías, con lo que intenta justificar cómo oponerse a un gobierno que viene haciendo lo que él debiera decir que debe hacerse.

El desafío que todos ellos enfrentan no es menor. La Presidenta no es sólo la dirigente de mejor imagen, sino que mantiene la iniciativa en todos y cada uno de los espacios del escenario político. Para quienes han abrevado siempre en el credo de la derecha, una encuesta reciente —realizada por una consultora insospechable de simpatía con el Gobierno— muestra que la mitad de los argentinos está a favor de una fuerte intervención del Estado en la economía y casi todos los demás creen en la necesidad de su presencia en algunos casos. Para el resto, se trate de conversos o de quienes dicen seguir sosteniendo banderas progresistas, la potencia de los cambios consolidados en estos años, la negativa a aceptar las recetas y las exigencias del capital concentrado y el respaldo popular que concita esa trayectoria parecen ser una barrera infranqueable.

La versión de la historia urdida por los grandes medios no convence siquiera a la totalidad de sus más selectos lectores y anunciantes. A contramano de sus convicciones más íntimas, los grandes empresarios quizás hayan terminado por convencerse de que, al final de cuentas, un mercado interno fortalecido juega, no en contra, sino a favor de sus balances. Así, la oposición continúa jugando el juego de oponerse a todo para no ser excomulgada de las pantallas, como una mula empacada que no avanza ni se corre del camino, pero que ocupa lugar. A la vista de sus escasos éxitos, no puede descartarse que los medios hegemónicos decidan prescindir de intermediarios y se jueguen con un candidato propio. Cada domingo, un converso que ya ha probado suerte con el teatro de revistas hace fuerza para posicionarse. Y, como una suerte de Neustadt redivivo, parece decir: “No me dejen solo”.

Guillermo Wolff


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