Misoginia política

Misoginia política

 

Por Oscar R. González*

El pasado 3 de junio, vastos sectores dinámicos y comprometidos de la sociedad argentina mostraron una vez más su capacidad de movilizarse y manifestarse por una causa justa y, bajo la clamorosa consigna Ni una menos, cerca de dos millones de personas se pronunciaron en calles y plazas de todo el país contra el femicidio.

La extensión, alcance y adhesión de esa convocatoria no pueden verse sino como un signo de la madurez y energía que condensan las luchas por fortalecer la autonomía, las libertades y la dignidad personal, laboral y social de las mujeres, que en esta década han registrado avances inéditos y conquistas históricamente reivindicadas, en solitario, por el movimiento feminista.

Es que la violencia de género, que es física, pero también cultural y simbólica, sigue expresando concepciones atávicas y retrógradas que no se limitan al terreno de lo puramente individual y familiar: va más allá, como lo demuestra la recurrente andanada de insultos y agravios destinados a descalificar a nuestra Presidenta, amplificada por cierta prensa canalla y por la impunidad que garantizan ciertas redes, más cloacales que sociales.

Esa ofensiva retrógrada no puede entenderse sino por su condición femenina, pero sobre todo porque se trata de una mujer que rehúye estereotipos y que ha hecho de la dignidad personal, social y política el eje de un proyecto que revolucionó la vida social de los argentinos y argentinas.

Una de las facetas más decisivas de esa transformación se vincula claramente a los derechos de las mujeres de todos los estratos sociales y en particular a los que padecieron explícitamente las políticas de exclusión bajo los años del neoliberalismo, que algunos continúan reivindicando aunque no sea de buen gusto decirlo con todas las letras.

La propia inclusión de la figura del femicidio en el Código Penal es una de las manifestaciones de ese proceso. Lo son también, en diferentes ámbitos y por citar apenas algunos ejemplos, la decidida persecución de las redes de trata, la jubilación de las amas de casa y las moratorias previsionales que han permitido hacer realidad ese derecho, la Asignación Universal por Hijo, la Asignación por Embarazo y el nuevo régimen laboral para las empleadas de casas de familia.

Y aunque su alcance trascienda las políticas de género, la actualización regular del salario y las jubilaciones, los planes sociales de vivienda, los créditos Procrear y la iniciativa conocida como Progresar, medidas todas que de muy diversas maneras han contribuido a la dignificación de las mujeres argentinas.

No es forzado destacar que hay un hilo conductor entre la violencia que ejercen aquellos varones para los que la mujer es un objeto, una propiedad o un súbdito y la de quienes han hecho de la misoginia política una práctica persistente. Son aquellos que odian tener al frente de la administración del Estado a una mujer que gestiona con autoridad y convicciones firmes, resistiendo el encabritado tironeo de corporaciones, privilegiados y especuladores de todo tipo. Quienes no soportan que una señora capaz de transitar por la vida familiar, como madre, hija, hermana, abuela, esposa, no se resigne con cumplir acabadamente esos múltiples roles y mandatos sociales, sino que asuma además el desafío de ser dirigente política y, sobre todo, estadista.

Son esa vocación personal y aquellas políticas públicas —que contribuyeron a crear las condiciones sociales y culturales para ese multitudinario e histórico pronunciamiento que fue el Ni una menos— lo que esa minoría detesta de nuestra Presidenta.

*Militante del Socialismo para la Victoria (FPV), secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno nacional.


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