SIGUE EL HOSTIGAMIENTO DE LOS MEDIOS CONCENTRADOS

La batalla por la hegemonía

Mientras pierden posiciones frente a un Estado autónomo y un gobierno con iniciativa permanente, los medios hegemónicos son el estado mayor de la oposición, cuyos dirigentes se limitan a reproducir las consignas y agendas construidas por aquéllos. El crecimiento con inclusión y la ampliación de derechos sólo fue posible porque el Gobierno desoyó esas recetas interesadas.

La batalla por la hegemonía
Los medios monopólicos socializan titulares para combatir las medidas del gobierno nacional.

Foto: Télam

En la víspera del llamado 8N, una cronista recorría las calles porteñas en busca de ciudadanos que apoyaran o rechazaran la convocatoria opositora. En busca de cierto equilibrio aséptico, preguntaba a cada cual la razón de una u otra actitud. Cuando uno de ellos trató de explicar por qué concurriría, argumentó, como quien dice una verdad inapelable: “Por todo lo que dicen los medios”. La frase, de una cierta candidez, desnuda como pocas la naturaleza y los fines de la convocatoria y, con más precisión todavía, los mecanismos con que ésta fue preparada por los medios que expresan a la clase dominante.

A un mes del 7D —esto es, del día en que vence la cautelar que durante tres años ha permitido al monopolio Clarín eludir la ley—, la maquinaria mediática que viene recurriendo a todo para minar la fortaleza del Gobierno puso toda la carne al asador y logró los resultados que esperaba. La estrategia de Clarín —acompañada consecuentemente por La Nación, su socio en Papel Prensa y otros negocios, y por Perfil— se ha revelado consistente para los desafíos que enfrenta. Por primera vez en las últimas décadas, el grupo no cuenta con personal propio en los ministerios nacionales, las agencias de control o las mayorías legislativas. La ley de Servicios de Comunicación Audiovisual le impone, además, desarmar el imperio mediático que fue armando paciente y coercitivamente desde los tiempos de la dictadura militar.

Frente a ese escenario, sus abogados pusieron a trabajar a sus subordinados en la Justicia, el único poder que permanece inmune al cambio de época en la Argentina con excepción de su cabeza, la Corte Suprema. Así, lograron frenar la aplicación de la ley de medios de la democracia mientras la plana mayor del grupo trabaja estratégicamente en el armado de una alianza económico-política para confrontar con el Gobierno y, eventualmente, forzar su salida.

El objetivo, que algunos toman a la ligera, no es nuevo ni se limita a la Argentina. Todos los gobiernos populares de la región han padecido la artillería pesada de los medios hegemónicos, desde Lula y Dilma en Brasil hasta Evo Morales en Bolivia, pasando por Rafael Correa en Ecuador, Fernando Lugo en Paraguay y Hugo Chávez en Venezuela. A falta de partidos de derecha capaces de ganar elecciones y sin margen político para golpes militares —al menos, en el Sur de América—, aquellos se han convertido en el ariete del poder económico para condicionar, limitar y frenar transformaciones que, en mayor o menor medida, han venido desandado los logros del capitalismo salvaje para favorecer una distribución del ingreso más progresiva, defender el empleo y la producción nacional e impulsar procesos de desarrollo sostenible y autónomo.

En su versión local, esa ofensiva reconoce la conducción estratégica del grupo Clarín y, en consecuencia, sus contornos y objetivos políticos se entremezclan burdamente con los intereses del propio conglomerado, muy frecuentemente de manera obscena. No sólo el desprevenido ciudadano se hace eco de sus mensajes. Buena parte de los políticos opositores, entre los que se cuentan referentes de una autodenominada centroizquierda, repiten frases hechas a tono con el supuesto sentido común desparramado desde las pantallas de TN. El circunspecto Hermes Binner, con su módico razonamiento y fragilidad conceptual, respondía recientemente a una pregunta sobre cómo resolver el problema de la inflación diciendo que la Argentina debía imitar, entre otros países, a Chile y Perú. Cuando el conductor radial le recordó que en el país trasandino reina una de las distribuciones del ingreso más regresivas de América latina, Binner prefirió cambiar de tema, como quien comienza a silbar cuando es descubierto in fraganti.

Hace ya algunos años, el sociólogo Torcuato Di Tella sostenía que, a la larga, el sistema político argentino terminaría girando en torno de dos grandes coaliciones, de centroizquierda y centroderecha, que encarnarían dos modelos contrapuestos de país y cortarían transversalmente a los grandes partidos tradicionales. Lo que probablemente no imaginaba era que ese realineamiento encontraría a supuestos progresistas entonando salmos por la república junto a connotados conservadores y neoliberales o departiendo en horario central con periodistas del establishment, a resguardo de preguntas incómodas.

Nadie espera que se produzca de inmediato un giro copernicano en el mapa de los medios audiovisuales, en principio porque la trama de intereses y complicidades es densa y compleja. Lo que comienza el 7D es otra etapa en la batalla cultural por la recuperación de la política como herramienta de construcción colectiva y transformación social. No será, por cierto, como no lo ha sido hasta ahora, un camino fácil. En la Argentina, aun en tiempos de bonanza económica, todo avance hacia la redistribución del ingreso ha generado tensiones y conflictos de intensidad extrema. Cuando suena la voz de alarma, los medios del propietariado se lanzan ferozmente sobre los gobiernos insolentes a los que atribuyen desconocer derechos adquiridos, estimular la vagancia, implantar el comunismo o atropellar la libertad de empresa o expresión, usualmente asimiladas como si fueran una.

Además, cuando los que se reparten el poder mundial quieren que los trabajadores europeos paguen el costo de la timba financiera, aquel remoto país del sur que se pretende autónomo es, sin duda, un mal ejemplo que debe ser castigado. De tal manera, Clarín, El País de Prisa, The Financial Times, La Nación, The Economist y otros voceros del capital concentrado socializan titulares con el objetivo explícito de continuar boicoteando al gobierno popular.

Mientras esos medios proclaman el apocalipsis, y festejan sin pudor todo triunfo de los fondos buitres contra la soberanía nacional, las cifras del Banco Mundial —insospechado de simpatía con el kirchnerismo— revelan que la Argentina duplicó su clase media en el período 2003-2009. El fenómeno no es azaroso ni aislado. Forma parte de un intenso proceso de inclusión social, alimentado por la creación de empleo, la redistribución del ingreso y la incorporación de millones de ciudadanos a la seguridad social, sostenidas a su vez por el más prolongado e intenso crecimiento económico de los últimos cien años.

Ese crecimiento con inclusión tiene, desde luego, cuentas pendientes, pero sólo fue posible y viable porque los gobiernos hoy demonizados generaron condiciones para que se produjera. Para ello, rechazaron las recetas ortodoxas que condujeron a la Argentina al abismo y hoy recita la oposición como verdades científicas; se negaron a enfriar la economía y desoyeron la insistente recomendación de romper con el supuesto aislamiento internacional para poner nuevamente en marcha la rueda del endeudamiento y colocar otra vez al país bajo la auditoría del Fondo Monetario Internacional.

Clarín, La Nación y Perfil no disparan contra el Gobierno porque esté amenazada la libertad de expresión. Salvo los periodistas de esos mismos medios que no piensan como sus editores y deben opinar hacia afuera como ellos, todos los argentinos pueden expresar libremente sus ideas o sus necedades sin temor a ser castigados. Lo que temen es perder su hegemonía cultural sobre el argentino medio y, en definitiva, la consecuente capacidad de presión política y de ofrecer consumidores a los anunciantes. Ésa es la madre del borrego y la madrastra del 8N.

Guillermo Wolff


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