TERCERIZACIÓN, TRABAJO PRECARIO Y MIGRACIÓN

Grandes marcas, pocos derechos

Los talleres de costura, que ocupan mayoritariamente a trabajadores bolivianos, son parte de un circuito complejo, dominado por la ilegalidad. La persistencia del sistema descansa en la vulnerabilidad de esos migrantes.

Grandes marcas, pocos derechos
Por cada trabajador registrado en la industria textil, hay dos que no lo están y la relación es de uno a cuatro en la confección.

 

A partir de la crisis de los años 70 del siglo pasado, el capitalismo buscó nuevas formas de organización del trabajo con el fin de aumentar sus tasas de ganancia. Se fue gestando entonces el modelo de acumulación flexible que, como su nombre lo indica, apunta a una flexibilización de los procesos laborales. La tercerización, una de las estrategias ya existentes a las que echó mano este modelo, le suma al capital beneficios varios: algunos aspectos del proceso de trabajo resultan menos costosos si se realizan fuera de la empresa, ya que montar un andamiaje productivo para elaborar determinados productos es mucho menos rentable que si lo realiza otra empresa que se dedica a elaborarlos para varias. Asimismo, los costos que devienen de pagar (o no pagar) los aportes jubilatorios y otras cargas sociales son trasladados en el proceso de tercerización a otra empresa, que también debe lidiar con los sindicatos involucrados. También el beneficio cuenta para los casos en que la demanda de la producción no es estable a lo largo del año o ante eventuales caídas ocasionadas por una recesión económica: se puede flexibilizar el trabajo sin gastos adicionales para la empresa principal, que sólo se hace cargo de un núcleo de trabajadores que se encuentra dentro del circuito formal.

Si bien no siempre la tercerización juega en contra de los intereses del trabajador, es lo que sucede en la mayoría de los casos. Más aún cuando se articula con trabajos de baja calificación que en muchos casos son ocupados por migrantes.

Los estudios migratorios han puesto el acento en el carácter fragmentado del mercado laboral, en el que existe un trabajo para nativos y otro para migrantes. El trabajo de estos últimos es el que el nativo rechaza por las condiciones en que se realiza y por las bajas remuneraciones. Una vez que se instala el “trabajo para migrantes”, entran en juego aspectos simbólicos que refuerzan la segmentación: el nativo no quiere esos trabajos porque son “para migrantes” y éstos vienen a buscar específicamente esos trabajos, de baja calificación, no registrados y realizados en condiciones precarias.

A pesar de la legislación vigente, la situación laboral del trabajador proveniente de países limítrofes en la Argentina se condice con esta segmentación: de acuerdo con la Encuesta Permanente de Hogares del primer trimestre de 2014, 33,5% de los trabajadores asalariados de los principales centros urbanos no está registrado, mientras la tasa trepa a 56,3% en el caso de los migrantes. En noviembre de 2013, en la 9ª edición de Pro Textil, se reveló que en la industria textil por cada trabajador registrado hay dos que no lo están y la relación es de uno a cuatro específicamente en la confección. Este sector comprende los talleres de costura que ocupan fundamentalmente trabajadores migrantes bolivianos.

Los talleres de costura concentran al extremo esa tríada conformada por la tercerización, el trabajo precario y el trabajador migrante. Su producción se vuelca a la feria de La Salada, a los negocios de la avenida Avellaneda o a abastecer a primeras y reconocidas marcas de ropa. Y sí, son marcas más que fábricas que se encargan del marketing y del diseño y derivan la ejecución de las prendas a empresas subcontratadas. En el primer mundo, la confección se envía fuera del país —a Bangladesh, por ejemplo—; en la Argentina, se deriva a los talleres de costura, de los que 3000 carecen de habilitación, sólo en la ciudad de Buenos Aires.

La relación entre las marcas y los talleres no es comercial, ya que la marca provee la materia prima, la prenda ya moldeada y tanto el precio del armado de la prenda como los tiempos de entrega son fijados por la empresa principal. Este control sobre el proceso de trabajo determina en gran medida las condiciones en que se desarrolla la explotación en los talleres: lo que se paga por prenda al tallerista va a incidir en lo que se le paga a los costureros y el tiempo que va de la entrega de los moldes al armado de la prensa tendrá como consecuencia el grado de premura y por lo tanto de exigencia para con el trabajador.

Pero, ¿cuál es el plus que aporta el trabajador migrante? En su gran mayoría, los migrantes trabajan en establecimientos de pequeñas dimensiones —como lo demuestran estos talleres de costura— lo que dificulta una organización sindical capaz de defender sus derechos. Los conflictos que se han generado al interior de los talleres tienen que ver fundamentalmente con el incumplimiento de lo pactado entre el tallerista y el costurero y se dan en el plano individual. Muchos de ellos han sido acallados por diferentes causas que tienen un denominador común, la vulnerabilidad del migrante: violencia por parte del tallerista, desconocimiento por parte del trabajador de los derechos que le asisten, retención de sus documentos en manos del patrón, la deuda que en algunos casos ha generado su viaje al país, la necesidad de remesar a su familia. Y esto es muy importante: en caso de ser echado del taller, pierde también su vivienda, porque como parte del trato laboral el dueño le alquila una pieza o una cama en el propio taller o en otro lugar y quedarse sin vivienda es un problema grave para la inserción de cualquier migrante.

También hay que tomar en cuenta las representaciones que el trabajador tiene de sus propias condiciones de trabajo. La idea de que cuanto más se trabaja más se gana, acorde con el pago a destajo que se implementa en los talleres, se contradice con la idea de conseguir la reducción de la jornada de trabajo o una paga mejor por un tiempo determinado de trabajo. La relación de empatía con el patrón, un connacional en tierra extraña —en muchos casos, un pariente o un vecino— puede transformarse en la identificación con ese hombre que vino con una mano atrás y otra adelante igual a su situación en la actualidad y que le permite visualizar una trayectoria similar, ya que la tecnología básica que se necesita en el taller no es tan inaccesible.

Estos nichos laborales que vienen a ocupar los migrantes son el último eslabón de una cadena competitiva: poner la mira en ellos es necesario, pero no suficiente. Detrás de ellos están las grandes marcas y más allá un modelo cuyo objetivo fundamental es la maximización de la ganancia. 

Beatriz Ballestero


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