ESCENAS DE LA VIDA COTIDIANA

El amor no mata, el machismo sí

Con crudeza y sin eufemismos, la autora describe situaciones a los que toda mujer se ha visto expuesta alguna vez. Y grita contra el acostumbramiento, las violencias y los modelos que imponen la competencia patriarcal y misógina.

El amor no mata, el machismo sí
“Queremos librarnos de la violencia que en nuestros cuerpos, trayectos personales y pensamientos”, dice la autora.

 

Escena I

Una vez por mes, prepararse, ir a la terminal, tomar el colectivo desde Santiago del Estero hacia Tucumán a la mañana y volver a la tarde. Esa era una rutina que tenía con mi abuela Argentina; la acompañaba a un médico, ya no recuerdo de qué especialidad. Me encantaba, yo, su primera nieta, su preferida para las salidas. Siempre elegía sentarme al lado de la ventana, disfrutaba de mirar el camino. En una ocasión, acomodadas en los asientos y ya en la ruta, el hombre que se había sentado en el asiento de delante de mí abuela, se acostó y mirándome por el espacio entre las dos butacas comenzó a masturbarse. Quedé inmóvil, comencé a correrme de a poco más cerca de mi abuela, hasta que pude decirle, casi en secreto, que lo que no entendía muy bien estaba pasando, pero me incomodaba, me daba miedo. Tenía unos 8 años. Mi abuela se levantó pegó unos gritos y este pajero se cambió de lugar.

 

Escena II

Para llegar a la casa de la infancia, desde la avenida, había que caminar media cuadra de un largo paredón. No importaba la hora, siempre aparecían diferentes tipos en bicicleta con el pito al aire, mostrando, exhibiendo, ofreciendo. A veces, confundíamos la propia sombra con la de los acosadores, y en menos de un minuto de pique estábamos en el portón.

 

Escena III

Caminar con pollera corta, soportar por cuadras “lo que te haría”, “chúpamela”, “después no digas nada si te hacen algo”, etc. etc.

 

Escena IV

Sentada en un colectivo de línea, hombre mayor en el asiento de atrás, se acerca y dice “no sabes cómo te chuparía”.

 

Escena V

Caminando por Congreso con una amiga, hombre de traje al frente caminando despacio, pasa y me pone la mano entre las piernas. Quedo pasmada, sigue caminando, lo corro, le grito, sigue caminando como si nada.

 

Escena VI

Consultorio médico. Ginecólogo, primera consulta, yo acostada en la camilla, desnuda de la cintura para abajo, lista para un Papanicolau, siento su piel en mi entrepierna, le digo: “¿Doctor, no se va a poner los guantes?” Me responde: “¿Por qué, si vos no me das asco?”

 

Escena VII, VIII, y más y más y más...

 

Tengo 42 años. Cada día, al despertar, el clima no importa mucho. Sí importa qué ropa me pondré según a qué lugares iré. Es tanta la violencia a la que se ha acostumbrado este cuerpo, que ha llegado a configurar el guardarropa, el caminar, los lugares a dónde ir y a qué hora.

Armar el trayecto de la propia violencia interpela. Solidarizarnos con el dolor ajeno nos convoca al propio. Rumiar la bronca, sacar el grito contenido, levantar el puño, armar comunidad, visibilizar y accionar. Darnos cuenta que no estamos solas, que somos muchas.

Chiara Páez, 14 años, embarazada, vivía en Rufino, Santa Fe. Fue golpeada, cortada, enterrada, asesinada. Manuel, su novio de 16 años, se confesó autor del crimen.

Cuando la violencia contra la mujer llega a su expresión máxima, el femicidio, opera de la misma manera sobre los cuerpos que sobre la “basura”: se la corta, se la quema, se la entierra, se la golpea, se la embolsa.

277 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o ex parejas durante 2014, según el informe que realiza la organización La Casa del Encuentro sobre casos que salen a la opinión pública. Una muerte cada 32 horas. Un femicidio cada menos de un día y medio. ¿Pero qué es lo novedoso esta vez? Nada. Los violentos siguen matando mujeres. Los femicidas siguen atacando y matando mujeres. A la salida de la escuela de sus hijxs, en un bar delante de todo el mundo, matan y arrojan cuerpos a tachos de basura, los meten en bolsas y los tiran al costado del camino, matan y entierran en el patio de la casa.

Un femicidio cada menos de un día y medio. ¿Pero qué es lo novedoso esta vez? Me lo sigo preguntando.

¿Será que finalmente hay una especie de conciencia social sobre los femicidios?

¿Será que finalmente los medios de comunicación (algunos, algunos a veces, algunos tal vez, algunos nunca, a algunos se les escapa) cuestionan la cobertura de la problemática de la violencia hacia las mujeres y la pone en contexto?

Mientras la maquinaria de la publicidad siga proponiendo estereotipos que refuercen las desigualdades, que fomenten el odio, que propongan vínculos asimétricos de poder, conservadores y machistas, seguiremos reproduciendo, una y otra vez —aunque no determinantes ni lineales— contratos de lectura, modelos a seguir, formas de vivir que lleven al odio y a la competencia patriarcal y misógina. Mientras las leyes se cumplan a medias y la justicia siga siendo sexista y discriminadora. Mientras las ideas conservadoras se sostengan en el estado, en las familias, las aulas, las esquinas, las plazas. Volveremos a la pregunta, ¿qué es lo novedoso hoy?

Hay violencia en nuestros cuerpos, hay violencia en estos trayectos personales, hay violencia en nuestros pensamientos, hay violencia. Queremos deshacer(nos) de la violencia, queremos librarnos de la violencia.

Insisto, ¿qué es lo novedoso hoy?

Un grito que está leudando, esperando ser colectivo y contundente. Una arcada incontenible, una rabia desbocada.

Una fuerza colectiva, que usará las calles y las plazas de todas las provincias, y en ese encuentro furioso, la viralización del grito. No queremos una más. Decimos, ni una menos. Porque el amor no mata, el machismo, sí.

Deshacer(se)

Para hacer(se)

Nueva, libre, furiosa de vida.

 

Carolina Balderrama


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