MÉLENCHON Y LACLAU, DOS MIRADAS SOBRE LAS TAREAS POLÍTICAS DEL MOMENTO

Debates que alimentan combates

Durante un encuentro en Tecnópolis, el dirigente francés y el filósofo argentino reflexionaron sobre los desafíos de la crisis de la globalización unipolar y la emergencia de nuevos sujetos sociales en Latinoamérica.

Debates que alimentan combates
Laclau y Mélenchon aportaron una perspectiva original y provocativa sobre los cambios que experimenta la región.

 

La potencia y originalidad de los cambios que experimenta América latina, la necesidad de un nuevo universalismo, los desafíos que enfrenta una política genuinamente progresista y la tensión entre esas transformaciones y marcos institucionales concebidos para asegurar la hegemonía conservadora fueron algunos de los temas que atravesaron las exposiciones del dirigente de la izquierda francesa Jean-Luc Mélenchon y del filósofo y teórico político argentino Ernesto Laclau durante la tercera edición del ciclo Debates y Combates, que se realizó en el predio de Tecnópolis en la segunda semana de octubre.

Mélenchon comenzó refiriéndose al paso de la unipolaridad estadounidense, sostenida por una inmensa fuerza militar desplegada por todo el planeta y la potestad de emitir dólares, a la multipolaridad, un proceso que no se producirá de manera lineal, dado que conlleva un cambio radical. ¿Cómo evitar este choque sin verse obligado a aceptar la prolongación de los derechos descomunales del Imperio?, se preguntó. A su juicio, es necesario marchar hacia una moneda mundial, una propuesta planteada por China que el Frente de Izquierda adoptaría si fuera gobierno en Francia. Afirmó que el llamado “choque de civilizaciones”, teorizado por Samuel Huntington, es el marco conceptual que organiza el pensamiento y los compromisos de todos los gobiernos europeos, tanto los socialdemócratas como la derecha, y funciona como una legitimación de violencias actuales y futuras en el escenario internacional.

Por eso, “la afirmación política de instituciones universalistas es la forma concreta del rehusar el occidentalismo y la teoría del choque de civilizaciones que defienden los Estados Unidos”, lo que significa rehusar también su aparato militar, la OTAN.

El orden actual, apuntó, no se limita a establecer un marco público legal y un modo de producción e intercambio. “En el orden globalitario, la multipolaridad no es ascendente. Es la uniformización de los sistemas de representaciones y comportamientos que se extiende hasta alcanzar la intimidad de los individuos en cada rincón del planeta”, señaló.

La constatación de esa realidad permite entender la magnitud del reto que afronta una política progresista, que no puede estar disociada de una acción cultural ni dejar de ser conflictual, porque es precisamente esa conflictividad lo que permite pasar de una hegemonía cultural a otra.

Ya sobre el final, y luego de esbozar una síntesis de las transformaciones antropológicas que está experimentando el género humano, planteó que un nuevo universalismo, que no reniega de la diversidad, se está expresando en las aspiraciones democráticas de los pueblos. Sostuvo también que la respuesta a los nuevos desafíos es un eco socialismo, que sólo puede surgir de la libre deliberación de iguales, sin dominación étnica, social o de género. “Ecología, república y socialismo son las tres caras de la doctrina progresista que los hechos humanos contemporáneos pueden proponer como alternativa al mundo globalitario y a la competición multipolar”. Por eso, concluyó, “el futuro no es lo que va a ocurrir sino lo que vamos a hacer”.

Laclau abordó, por su parte, el problema de la democracia y las relaciones de representación. Destacó que “las instituciones no son nunca neutrales, sino una cristalización de relaciones de fuerza” y, en consecuencia, todo proceso de cambio radical, como el que se está produciendo en la Argentina, implica necesariamente conflictos con el orden vigente.

Luego de rastrear las relaciones conflictivas entre representación y democracia, presentes desde siempre en la teoría política, cuestionó la idea de que los representantes deban ser una mera cadena de transmisión de la voluntad de los representados. Se trata de “un movimiento en dos direcciones”, en el que “el representante no es neutral sino que crea un discurso nuevo que acaba modificando y transformando la voluntad misma de aquellos que representa”. La historia latinoamericana muestra que la función de los líderes no se limita a representar intereses de los sectores populares, sino que muchas veces los constituye, señaló Laclau. Y apuntó que los modos de representación no se agotan en el sistema parlamentario, como lo muestran los procesos que se están desarrollando en Venezuela, Ecuador y la Argentina.

“Si vamos a pasar a nuevas formas políticas, nuevas formas estatales, es necesario decir que la eliminación de la clase política presente no lleva a la extinción de la política como tal. Uno de los problemas que yo veo en los movimientos de los indignados en España es que la transferencia de esa movilización a un proceso de transformación del Estado no existe. Y eso lleva a largo o mediano plazo a la disolución y disgregación de estos grupos. Es necesario capitalizar la voluntad colectiva, nueva, que se va formando, a través de instituciones políticas”, reflexionó Laclau. Y subrayó la importancia de considerar estos nuevos fenómenos desde una perspectiva marxista gramsciana.

En América latina, los Parlamentos han sido funcionales a la reconstitución del poder conservador, mientras “un Poder Ejecutivo que apela directamente a las masas frente a un mecanismo institucional que tiende a impedir procesos de la voluntad popular es mucho más democrático y representativo”, señaló. “Eso es lo que se está dando hoy en América latina de una manera visible. Detrás de toda la cháchara acerca de la defensa del constitucionalismo, se está hablando de mantener el poder conservador y de revertir los procesos de cambios que se están dando en nuestras sociedades”. Para Laclau, este escenario plantea dos peligros. Por un lado, la convicción de que la lucha política puede limitarse a la acción parlamentaria en el seno de las instituciones existentes; por otro, lo que denominó “la reducción ultralibertaria”, que postula desentenderse del problema del Estado. “Esto ignora que cualquier cambio radical va a tener que cortar transversalmente el campo del Estado y el de la sociedad civil. Necesitamos una sociedad civil más politizada, pero al mismo tiempo necesitamos tener un Estado mucho más sensible a las demandas de esa sociedad. Eso es exactamente lo que Gramsci llamaba Estado integral”, argumentó.

Finalmente, y ante una pregunta sobre los cacerolazos, concluyó: “Yo no creo que haya una articulación contrahegemónica con ninguna posibilidad de éxito a partir de pequeñas manifestaciones. Lo que hay que ver son otras cosas más importantes, donde se están dando los juegos hegemónicos reales. Por eso, es absolutamente central que la Ley de Medios se aplique regularmente el 7 de diciembre”.


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