SIN PROGRAMA PROPIO, LA OPOSICIÓN SE SOMETE AL MANDATO DE LA PRENSA HEGEMÓNICA

Construir futuro o retornar al pasado

El erosionado sistema de partidos es incapaz de acompañarlos profundos cambios de la última década. Y el “fin de ciclo” que pregonan los columnistas del establishment busca abrir paso al retorno a los tiempos del desempleo y la represión.

Construir futuro o retornar al pasado
El kirchnerismo sintetiza una memoria popular de luchas por la justicia y la igualdad que excede su identidad de origen.

Foto: Télam

En México, cuando se dice de alguien que es un “igualado”, se está aludiendo a una persona que carece de respeto por las jerarquías económicas, sociales, raciales o de cualquier otra índole que la desigualdad haya establecido en la sociedad. De modo que esta palabra, dicha con tal sentido, tiene inocultables resonancias racistas y discriminatorias, más indignante en tanto se trata de un país con una inmensa población mestiza e indígena. En la lengua común del resto de nuestra América, tal significación no existe en ese vocablo, pero su contenido está presente en el lenguaje público de varias maneras y con una intensidad equivalente a la de la lucha que se libra por la igualdad. ¿No hubo acaso un destacado senador radical que dijo que la Asignación Universal por Hijo “se está yendo por la canaleta del juego y la droga”? El exabrupto, que por su carencia ética no cabe siquiera en el “conservadurismo compasivo” de los Bush, exterioriza un determinado sentido común, sumamente exacerbado en los últimos años, que alimenta lo que el filósofo francés Jacques Rancière llama “el odio a la democracia”. También, la torpe afirmación del senador Eduardo Sanz revela la impotencia política de una extendida dirigencia que se ha vuelto mendicante y ni siquiera se atreve a pensar en emanciparse de las corporaciones para tomar alguna decisión de manera autónoma.

Néstor Kirchner solía imaginar, como salida a la aguda crisis de las representaciones políticas que estalló junto con la Convertibilidad, una refundación del sistema de partidos con dos grandes corrientes, una de centroizquierda y otra de centroderecha, lo que implicaba una especie de subsunción de las agrupaciones tradicionales en un nuevo y más vasto ordenamiento de las mediaciones políticas. Pero el ex presidente sólo alcanzó a ver la reforma política que él mismo prohijó, a la que, entre otros objetivos, pensó precisamente como una contribución a la democratización de los partidos mediante la participación obligatoria de todos los ciudadanos en la elección de los candidatos respectivos, las PASO, que ahora se realizan por segunda vez. Hoy, diez años después de que Kirchner iniciara su mandato en medio de la crisis y con una exigua base de poder real, los cambios en el poder político, en su centralidad y autonomía en la toma de decisiones, y en lo social, con la integración al consumo, la educación y la cultura de vastos sectores que estaban excluidos, no ha sido acompañado por transformaciones paralelas en el sistema político, cuya larga crisis se prolonga en una disposición que, al cabo de una década, muestra una fuerza en el gobierno mayoritariamente compacta y homogénea —pese a que la prensa hegemónica apuesta una y otra vez a su desgranamiento— y un archipiélago de partidos en los que cada dirigente sueña con ser el Capriles local.

Mientras, tanto las formaciones electorales opositoras que se concretaron como las que se frustraron parecen estar encabezadas mayoritariamente por dirigentes que bien podrían suscribir sin ruborizarse la archiconocida frase de Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”. No de otra forma puede entenderse ese pragmatismo disfrazado de pluralismo que ha llevado a integrar las listas con candidatos sin convicciones ni propuestas —ya que toda propuesta implica un compromiso con lo que se dice—, un camino que Carlos Menem agotó hace tiempo. Entonces, toda promesa, todo programa, no alcanza a ser otra cosa que un catálogo de declaraciones altisonantes, escolares, vaciadas de contenido vital en la medida en que, después del dramático parteaguas de 2001 y su actualización en la crisis europea, la derecha no osa enunciar su programa; ni siquiera se atreve a llamarse tal.

Los analistas políticos de la prensa mercantil, proveedores de consignas y discurso de los dirigentes de la oposición, saludan lo que consideran el “fin de ciclo” y el umbral de la reversión total del actual proceso de reformas, dando por descontado que “el ciclo”, es decir, todo lo logrado y consolidado en estos diez años, dependen de una elección y de un candidato provincial, a quien, luego de infructuosas tentativas, ungieron como su pupilo. El reciente fallo corporativo de la Corte Suprema de Justicia contra la elección por voto universal de los miembros del Consejo de la Magistratura y, en lo electoral, el trabajoso acuerdo alcanzado en la Ciudad de Buenos Aires por liberales de centroderecha y socialdemócratas liberales —cuya única coincidencia es la confrontación con el gobierno nacional—, y sobre todo, la emergencia en la provincia de Buenos Aires de un candidato “presentable” como el intendente de Tigre, Sergio Massa, hicieron cundir la euforia mediática. La electoralmente poderosa provincia de Buenos Aires, con “tres peronismos” compitiendo en una elección que se considera crucial, aparece como un escenario favorable al puntapié inicial y decisivo de la “contrarreforma”, que se descuenta encabezará una fracción rediviva del peronismo de derecha, ahora con ropajes más modernos que el viejo pejotismo, a cuyos representantes más conspicuos se procuró relegar a las segundas líneas de las listas de candidatos.

Esta simplificación —que lo es en varios sentidos— de la pelea bonaerense como una gran interna que debiera hacerse en el marco de las PASO si la Presidenta no fuera “intolerante y expulsiva”, no carece de un cierto desprecio por otras alianzas opositoras que, bajo nombres de fantasía, cobijan a las fracciones residuales del no peronismo, a las que Clarín y La Nación reducen al papel de comparsa de la verdadera pelea por el poder, donde las corporaciones ya hicieron su apuesta convencidas de que, al final, será un peronista el sepulturero de un gobierno peronista. Se repite el consabido refrán que asegura que la sangre de un herido tiene entre peronistas igual efecto que entre los tiburones, por lo que un alborotado Morales Solá escribe en estos días, una y otra vez, que Massa es el seguro inicio de un proceso que llevará a la presagiada renguera a la Presidenta por el resto de su mandato. Todo lo cual cabalga sobre otra idea, no menos repetida, de que en el peronismo lo único que importa es el poder, su conquista y conservación, no importa con qué ideología. Es que, populista y keynesiano desde sus orígenes, el peronismo ha contenido históricamente tendencias ideológicas que en momentos cruciales se han tornado antagónicas.

Pero, ¿existe hoy un peronismo potencialmente capaz de reconstruir esa totalidad política e identitaria por sobre sus fisuras internas? No cabe duda de que, en forma predominante, el kirchnerismo representa el formato actual de las tendencias más nobles y populares del peronismo histórico. Pero lo novedoso es que, al retomar aquellas banderas y llevarlas a la acción, el kirchnerismo, como fenómeno político, ha sido capaz de crear las condiciones de surgimiento de un movimiento político y social potente y transformador que sintetiza, ya sea en forma orgánica o espontánea, una memoria popular de luchas por la justicia y la igualdad aún más abarcadora que su propia identidad de origen. La propia Presidenta, en su reciente discurso en la Universidad de Córdoba, homenajeó dos nombres fundacionales de esa gesta: Agustín Tosco y Atilio López.

En cambio, cabe preguntarse si la derecha justicialista está hoy en condiciones de generar y conducir un proceso de restauración conservadora con apoyo masivo, como el que tuvieron las reformas pro mercado bajo el menemismo. Los comunicadores que dirigen diariamente la campaña de agitación y propaganda de la derecha han advertido hace rato que mejor no andar mostrando su codicia, y celebran que los asesores económicos de Massa —y prácticamente los de toda la oposición— envuelvan sus propuestas de shock devaluatorio, ajuste, liberación cambiaria y endeudamiento externo con un lenguaje melifluo y elusivo, en la seguridad de que entenderán quiénes deben entender: los mercados. Una restauración conservadora, ya sea tímida o, peor, enérgica, no significa otra cosa que una crisis social y política a corto plazo y el regreso a los tiempos de desempleo y represión. Entretanto, Massa emula a Capriles, quien mientras condenaba la “dictadura” chavista prometía respetar la formidable red de contención social venezolana y las decisivas mejoras en la distribución de la riqueza. El intendente de Tigre también promete preservar lo que se hizo en materia de reparación social en estos diez años. Pero, eso sí, sin conflictos, amablemente, sin pelearse con nadie, como si lo logrado hasta ahora en términos de justicia social, de dignidad y de mejoramiento sustancial en las condiciones de vida y de trabajo de millones de familias se hubiera podido alcanzar sin ejercer enfáticamente el poder político, sin anular privilegios exorbitantes, sin poner el cuerpo y la palabra para disputar proyectos políticos vitales.

Por otra parte, el inventario de conquistas populares de la década ganada —denominación que subleva a los columnistas de la prensa hegemónica— es extenso y significativo, desde el proceso de desmantelamiento, aún en curso, de los aparatos y redes de impunidad hasta el desendeudamiento —piedra basal de todo lo que vendría después—; desde la conquista y construcción de derechos básicos hasta la recuperación del patrimonio social y nacional. Han sido diez años duros, difíciles, enconados, a la vez dramáticos y gratificantes, en los que cada batalla, cada derecho, cada parcela democrática conquistada fue constituyendo nuevos sujetos colectivos nacidos en ese mismo proceso, que sustentaron las transformaciones progresistas de la década y hoy permiten pensar en una acumulación estratégica que haga viable la extensión y profundización del proceso de reformas populares. Una acumulación fundada en la fusión de las mejores experiencias del pasado reciente con lo nuevo que surge, de las organizaciones juveniles de base, de los hijos y nietos recuperados, de los jóvenes trabajadores que están aprendiendo a defender sus conquistas en sindicatos que sacrificaron sus mejores dirigentes en los años aciagos de la dictadura y luego resistieron la precarización menemista. Es la reivindicación de “los pasados vencidos” de los que hablaba Walter Benjamin, hoy transformados en movilización y militancia porque, como dice el filósofo alemán, son pasados que “continúan vivos y actuantes y proponen una construcción histórica consagrada a la memoria de los que no tienen nombre”.

Dardo Castro


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