NIDIA ZARZA, DIRECTORA DE LA CASA DE LA CULTURA EN LA VILLA 21

“Aún cuesta ver que una mujer decide”

Con una larga trayectoria de trabajo en la base, dice que por primera vez el Estado aparece en el territorio con una apuesta a la democratización. Y destaca el impacto de las políticas sociales de la última década.

Aún cuesta ver que una mujer decide
“Me di cuenta de que era importante reconciliarme con mi origen villero, que por alguna razón denostaba”, dice Zarza.

Foto: Natalia Laclau

Desde la calle Iriarte, llegando a la villa 21 de Barracas, se distingue la Casa de la Cultura. La integración del Estado al barrio tiene muchos colores y matices. Las historias de relegamiento y marginalidad se entremezclan con la materialidad de un edificio que entrega una certeza: quienes lo transitan pueden gozar de los mismos derechos que el resto de la ciudadanía. Nidia Zarza, su directora, encarna miles de historias de lucha. Sus padres llegaron al país desde Paraguay, pasaron por Zárate y la salud de uno de sus seis hijos terminó llevándolos a Buenos Aires. La imposibilidad de alquilar una vivienda sin garantía y la eventualidad de que una tía se ganara la lotería y les cediera su casilla es el comienzo de su historia en la villa. “Mis papás pensaron vivir ahí provisoriamente hasta conseguir otras oportunidades, pero se fueron presentando otras prioridades y nos fuimos quedando acá, donde resistieron el desalojo en la última dictadura”, recuerda.

Comenzó a militar a los 16 años en la Iglesia y conoció por entonces a Julio Arrieta, “un pionero en hacer una compañía con actores cien por ciento de la villa”, con el que hicieron teatro callejero y otras actividades artísticas. Años más tarde, y tras haber accedido a un trabajo que le permitió salir del barrio, el ingreso a la universidad coincide con una necesidad de retomar sus raíces, de repensar la crisis de identidad que había brotado en la adolescencia. “Me di cuenta de lo importante que era reconciliarme con esta parte de mi origen villero, que por alguna razón denostaba. Mientras más estudiaba, más sentía que algo no encajaba. Pude encontrarme con un documental, Villera Soy, que hicimos con mucha gente, con Víctor Ramos y la Organización SOS Discriminación”, refiere.

A partir de septiembre de 2013, después de años de haber trabajado en el barrio desde las bases, asume como directora de la Casa de la Cultura de la villa 21 de Barracas, donde también tiene sus oficinas el secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia.

–¿Cómo empezás a relacionarte con el Estado?

–Yo creía que desde la ONG se podían hacer grandes cosas, pero realmente el cambio radical tiene que venir de la mano de una acción plena de la política. Desde mi origen villero, tuve que reconciliarme con esa parte del Estado que por alguna razón yo sentía que estaba en contra. En la villa, vivís al margen, de la ley, de todos los derechos. Uno cree que está a contramano y te hacen sentir que uno está continuamente robando algo. Empezamos a vincularnos con la Secretaría de Cultura a través de Víctor Ramos, que le lleva la propuesta a Jorge Coscia de hacer una Casa en la villa. Ahí surgió el contacto directo del secretario de Cultura con la población villera. Él participó desde sus inicios de esta construcción y pudo relacionarse con un sector de chicos que tenían mucho empuje, mucha militancia social y un gran interés por todo lo que fuera participar en la construcción de este lugar. De mí van a tener la mirada y la gestión de una chica que nació en la villa, que hizo talleres en la villa, pero que tiene que llevar adelante una Casa con todo lo que implica, porque tenemos la mejor tecnología, un patrimonio importante de 45 obras de artistas plásticos latinoamericanos, y está siendo conducida por chicos que muchos no terminaron el secundario. Ésta es la primera oportunidad que tiene la gente de la villa: la inclusión también pasa por ahí. Yo creo que va a ser una construcción a largo plazo, pero vamos a demostrar que estamos a la altura de hacer grandes cosas, y aspiro a que les cambie la mirada a muchos a los que hoy no les tiembla la mano para escribir barbaridades respecto de este proyecto. Estaría bueno que pudieran involucrarse en la historia de cada trabajador. Acá hay padres de familia que han recuperado la posibilidad de un trabajo digno, chicos que estuvieron presos por alguna circunstancia en su infancia y que hoy quieren redimirse. Si vos recorrés esto, son mil quinientos metros de emotividad: donde veas, hay un chico con una historia fuertísima atrás.

–¿Cómo impacta la presencia cultural del Estado?

–Históricamente, el Estado siempre ha aparecido en las villas de la mano de las fuerzas de seguridad; es la primera vez que lo hace con la herramienta de la cultura. Y no se hace presente desde un “te voy a decir qué es la cultura”, sino que viene a acompañar a una cultura latinoamericana que está viva y presente, que realza las raíces de muchos chicos que hoy tienen dificultad de encontrar su identidad y las ven reflejadas en grandes cosas. Esa presencia hace a una democratización amplia, porque siempre, en cualquier planificación y en cualquier programa falta una voz, la de los pobladores de las villas. Cuando hablan de las minorías, se piensa en los pueblos originarios y de ahí no se pasa; pero el pueblo villero, que es minoría, no está representado del lado del poder. La legislación es avanzada, pero no disfrutamos de esos derechos en igualdad de condiciones. El Estado trae una herramienta como la cultura y desde acá se van generando vínculos con otras áreas del Estado. Funciona una visión interministerial donde tenemos participación y diálogo constante. Todavía falta que a la hora en que se decidan los grandes proyectos nuestra voz sea la prioritaria y que se escuche nuestra posición. En ese camino estamos.

–¿Qué relación tienen con el Gobierno de la Ciudad?

–Cuando hicimos los talleres culturales, recibimos apoyo; pero a la hora de participar para que se nos tenga en cuenta en los recursos para la urbanización, hay silencio del otro lado. Ingenuamente, yo pensaba en su momento que no había de este lado un buen interlocutor que supiera mediar; con los años, me doy cuenta de que, cuando no hay decisión política o el otro decidió que no es importante, no hay voz fuerte o grito que valga. Urbanizar significa que tengamos servicios públicos en toda la gama: colectivos, ambulancias, hospitales. Tenés en 64 manzanas más de 60.000 personas en situación de riesgo latente con una ciudad que cada vez tiene mejor infraestructura, mejor tecnología y que te escupe en la cara todo aquello que jamás vas a poder tener. ¿De qué manera se puede solucionar este conflicto? Participando de las mesas de discusión para encontrar un equilibrio entre lo que ellos desean y lo que nosotros necesitamos.

–¿Cómo analizás tu rol desde una perspectiva de género?

–Imaginate: villera, negra y mujer. Es un combo importante; sin embargo, estoy ocupando una dirección. Cuesta todavía esto de que una mujer esté dando órdenes y tome decisiones; pero cuando sos un referente, trabajaste mucho codo a codo y estuviste al servicio de las necesidades, hay naturalmente un reconocimiento de tus pares. Acá pasa como en todas las áreas: desde el poder de decisión, seguís dependiendo de un montón de decisiones masculinas; por más que tengas el cargo, detentar el poder es otra cosa. Creo que hay grandes avances en la última época. Tenemos las primeras mujeres dentro de la Corte Suprema de Justicia y un montón de líderes sociales que son mujeres. Ahora, distinta es la discusión sobre si para llegar a este lugar usamos las herramientas que usan los varones. Indefectiblemente, sí, porque la ley y las reglas están hechas por hombres y como mujer necesitás demostrar que tenés temple para ejercer el cargo. Es una construcción en la que de a poquito vamos ganando espacio.

–¿Qué impacto tienen en el barrio las políticas sociales del gobierno nacional?

–Esas políticas hicieron que se genere más trabajo alrededor del propio barrio y que también gire la economía interna. Sirvieron para que muchas mujeres pudieran estar más presentes en su casa con sus hijos. Hoy las mamás saben que los nenes pueden estudiar y ellas, con la ayuda de la Asignación Universal, pueden tener un trabajo medio tiempo y estar más presentes en la vida cotidiana de sus hijos. Y también empoderan a la mujer; es decir, no necesito estar con un tipo porque me mantiene, sino que tengo la posibilidad de ser jefa de mi hogar y salir adelante. El impacto es enorme. Desde la prevención de la violencia de género hasta la reinserción escolar y el acceso a la información. En un sector discriminado, la mujer es doblemente discriminada. Y si se tiene que quedar en la casa cocinando y cuidando de los hijos, su plan de vida personal queda relegado. Por eso, eso los planes sociales sirven para que la mujer sepa que tiene una herramienta extra.

Natalia Laclau


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