HABEMUS PAPA

¡Aleluya! Una iglesia para los pobres

La asunción de un nuevo jefe de la Iglesia Católica, por añadidura argentino, suscitó entusiasmos, polémicas y debates. Aquí, dos columnistas intentan desentrañar el porqué del revuelo y evaluar qué cambió y qué seguirá como siempre en esa inescrutable institución milenaria.

¡Aleluya! Una iglesia para los pobres

Foto: Télam 

Se van apagando, lentamente, las luces de la celebración. Y como ocurre en todo fin de fiesta, llega el momento de la reflexión y el análisis.

El nuevo Papa conmovió al mundo con el anuncio de una Iglesia pobre para los pobres. Desde el Sermón de la Montaña, a lo largo de los siglos, la Iglesia siempre se dirigió a los pobres, no para redimirlos de la explotación, sino para pedirles resignación y consuelo. Es difícil creer en la revolución interior de una institución 2.000 años petrificada en concepciones ultramontanas, que carga en sus mochilas con la barbarie de la Santa Inquisición, los descuartizadores de Tupac Amaru, los cazadores y comerciantes de negros africanos y los dictadores genocidas de América latina. Claro que en sus filas militaron también mártires y apóstoles, desde Bartolomé de las Casas en la Conquista de América, hasta contemporáneos nuestros como Angeleri, Mujica o Romero, obligados a compartir la eucaristía con los Franco y los Videla, absueltos de sus pecados por el trámite verbal y simbólico de un acto de contrición.

Si a eso agregamos los recientes escándalos sexuales y económicos, será fácil comprender que la Iglesia necesitaba el cambio drástico de su ensombrecida imagen. Necesitaba conjurar la crisis de vocaciones sacerdotales y la fuga de fieles hacia variantes paganas y sacrílegas de la fe; necesitaba abandonar una Europa en decadencia para mostrarse cercana y comprensiva con las masas latinoamericanas, en plena ebullición, y debía encontrar un reemplazante de Ratzinger que fuera la contracara de jerarcas infatuados, soberbios, ajenos y distantes.

En ese empeño crucial, la Curia Vaticana fue capaz de llegar al fin del mundo, y aquí descubrió el personaje ideal que buscaban: un porteño seductor, de simpatía gardeliana, mocasines embarrados, viajero del 152, generoso besador de niños y enfermos, amigo de pobres y desvalidos, y portador de una consigna inaugural conmovedora —Iglesia pobre para los pobres— aunque más se pareció a un slogan publicitario que a un mensaje pastoral destinado a reorientar el rebaño inquieto y descreído de sus fieles. Y junto a esos atributos providenciales, encontraron además en Bergoglio, las credenciales de un teólogo sobresaliente, redactor en Brasil de Aparecida, el último documento importante de la Iglesia.

No hay ninguna novedad en la consigna. La Iglesia siempre se ha valido de declamaciones sensibleras sobre la pobreza para ocultar las verdaderas causas que la provocan y las soluciones que podrían derrotarla. Para ellos, la pobreza se origina en el pecado, la ignorancia, el vicio y la indolencia. Y buscan el remedio en la oración, la penitencia y el sacrificio. Jamás se han referido a la verdadera causa: la explotación capitalista, al trabajo no pagado de los obreros ni a la violencia que ejerce el Estado burgués para someter a los pobres. La Doctrina Social de la Iglesia se inicia con la Rerum Novarum de León XIII en 1891, que proclama el carácter natural y sagrado de la propiedad privada (“las posesiones privadas son conforme a la naturaleza”), acusa a los socialistas de agitadores (“Los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes”), y promueve la violencia represiva del Estado para someter a los de abajo (“Se deben asegurar las posesiones privadas con el imperio y fuerza de las leyes. Y, principalísimamente, deberá mantenerse a la plebe dentro de los límites del deber porque, si bien se concede la aspiración a mejorar, tampoco se autoriza a quitar a otro lo que es suyo o, bajo capa de una pretendida igualdad, caer sobre las fortunas ajenas”). Y esas sentencias han sido reiteradas, sin solución de continuidad, hasta la Caritas in veritate in re sociali de Benedicto XVI en 2009, que fue la última de las encíclicas sociales.

Cuando Marx advirtió que la religión era el opio de los pueblos, estaba lejos de imaginar la fuerza que alcanzaría ese opio con el recurso de la comunicación masiva y el talento de los “creativos” publicitarios. Francisco invoca a los pobres, renuncia a las carrozas blindadas, a los aposentos papales, al anillo ostentoso de los papas. En tiempos del homo videns, gestos, apariencias y espejismos son mil veces más efectivos que encíclicas, sermones y pastorales.

Juan Carlos Coral


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